El primer poder de la estafa

Un Congreso en el cual más de la mitad de sus miembros han pasado por la Comisión de ética debido a faltas graves o delitos, ¿puede ser considerado el primer poder del Estado?

Por Diario La Primera | 07 set 2008 |    

Se diría que ese simulacro de Parlamento escenifica a diario una ópera bufa, con la diferencia de que los personajes, en lugar de dar risa, provocan ira. José Anaya es sólo una de las joyas de la corona.

Como varios de sus colegas, Anaya es un estafador por partida doble.

En primer lugar porque solicitó el voto de los ciudadanos en un bloque de bandera más bien antiaprista, y se ha convertido en peón clave para las maniobras del oficialismo, no porque sea un ejemplo de capacidad intelectual, sino porque es un carnero más en un redil sin principios.

He ahí una auténtica estafa política.

Gracias a ese delito no configurado en el Código Penal, Anaya ha cometido otro que sí está descrito y sancionado por el Código: la estafa.

Es éste un delito contra el patrimonio, definido en el capítulo quinto del Código Penal que lleva el título de “Estafa y otras defraudaciones”. Sobre la estafa dice el Código: “El que procura para sí o para otro un provecho ilícito en perjuicio de tercero, induciendo o manteniendo en error al agraviado mediante engaño, astucia, ardid u otra forma fraudulenta, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de uno ni mayor de seis años”.

El agraviado en el caso Anaya fue el Congreso y, por lo tanto, el país. Esto indica que si los colegas y compañeros de Anaya buscan acusarlo por delito menor, para evitar la sanción que merece, algunos congresistas pueden emprender acción judicial contra él.

Quienes hemos vivido ya bastantes años sabemos que hubo épocas en las que descollaban parlamentarios ilustres. Una enumeración caótica e incompleta permite mencionar a José Gálvez, Raúl Porras Barrenechea, Luis Alberto Sánchez, Alfonso Benavides Correa, Mario Polar, Alfonso Montesinos, Carlos Malpica.

Pero en general, resultan válidas las palabras de Manuel González Prada, escritas en 1906, sobre “Nuestros Legisladores”, incluidas en Horas de Lucha:

“No desde algunos años únicamente, sí desde los comienzos de la vida republicana, nuestras Cámaras Legislativas hicieron un papel tan degradante y servil, que muchos diputados y senadores merecieron figurar en la servidumbre de Palacio”.

O estas otras del mismo libro sobre “Nuestros Ventrales”: “Hoy no se concibe la existencia de partidos ni la formación de oposiciones desinteresadas. Los grupos no se constituyen por asociación de individuos bien intencionados, sino por conglutinación de vientres famélicos: no se alían cerebros, se juntan panzas con panzas”.

¡Qué mirada de águila la de don Manuel! Con un siglo de anticipación divisó puestos en la picota a José Anaya y sus cofrades.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com