El poder de los títeres

He extraviado una agenda en la que aparecía un público de niños en una función de títeres. Los infantes, niñas y niños sentados, mostraban gestos intensos, ojos húmedos. En el centro, de pie, un pequeño de cinco o seis años tenía un gesto de dolor, de espanto y desgarro en su rostro.

| 13 marzo 2012 12:03 AM | Columna del Director | 2.2k Lecturas
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Quizá había asistido a la muerte de un rey o un héroe. Esa imagen, contemplada hace veinte años, se ha grabado en mi cerebro como prueba del contagio emocional que los títeres imprimen en los niños.

No sólo en ellos, por supuesto. En la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, capítulos XXV y XXVI, asistimos a las peripecias de Maese Pedro, el titerero (así se escribía entonces). Cervantes relata allí cómo Don Quijote, estremecido por una función de títeres, destrozó las figuras del retablo.

“-Deténgase vuesa merced, señor Don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta”, le implora Maese Pedro.

Ya el caballero de la triste figura había aniquilado a los moros, y al negocio del maestro. No dejó títere con cabeza.

Se sabe que el teatro de títeres tiene una antigüedad de por lo menos tres mil años. En Egipto, 2.000 años antes de Cristo, lo actuaban con muñecos de madera manejados con cuerdas. Los empleaban para fines religiosos y políticos.

Al Perú lo trajeron los españoles. No conozco una historia de los títeres en el Perú. ¡Con los títeres que ha habido en nuestra historia! Pero no me refiero a ellos.

Me apena, por ejemplo, no conocer la historia del titiritero negro que en el siglo XIX instaló en el Rímac, en el Malambo de los negros, un teatro de títeres. En algún libro leí que el maestro moreno había creado un personaje que se hizo muy popular: el negro Perote. Lo supe hace muy poco, y me interesó porque cuando era un chiquillo muchos me llamaban “negro Perote”, sin duda por mi color tirando a pan tostado.

Hay que precisar que los títeres no son sólo para niños. La prueba es que Luigi dalla Piccola ha creado un Fausto para títeres, y algún dramaturgo alemán ha inventado una visión crítica del Sigfrido nórdico y wagneriano. Esta pieza incorpora el acerado verso de Bertolt Brecht: “Desgraciado el país que necesita de héroes”.

En Lima se celebra esta semana un homenaje a los títeres (no a los de la política o el poder mediático, que abundan). En las tardes se brindan, en el Peruano-Norteamericano, a partir de la 4 p.m., funciones gratuitas para niños y mayorcitos. En varios lugares habrá espectáculos descentralizados.

Habrá también exposiciones y debates. Y homenajes a pioneros ilustres como Tomás Temoche, Mario Herrera Asín y Felipe Rivas Mendo.

Otrosí digo: El teatro para títeres, para niños o mayores, debe emocionar, enseñar y generar participación. Hay que huir de lo trivial.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com