El peso de la ciudad

Desco acaba de publicar, en el marco de su serie Perú Hoy, un libro de tema palpitante: Lo urbano en el Perú. Acoge estudios de diversos autores respecto a las ciudades en el país. En una lectura rápida me sorprendió el trabajo ¿Quién le canta a Lima hoy? de Daniel Mathews. Es esta una exploración intensa del pasado y presente de la música popular en Lima.

| 26 diciembre 2012 12:12 AM | Columna del Director | 779 Lecturas
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Recuerda Mathews, de forma apretada, cómo la Iglesia católica y los sectores oligárquicos condenaron en los años iniciales de la República, los bailes y canciones de los negros por considerarlos indecentes. Felipe Pardo y Aliaga comentaba así, a mediados del siglo XIX, la fiesta de Amancaes:

“Nuestras inocentes escenas de cordial jovialidad habían sido perturbadas por las cantigas obscenas con que la plebe acompañaba sus inmundos bailes”.

Traza luego el autor un paralelo entre esa actitud desdeñosa de Pardo y Aliaga, y el punto de vista de José Carlos Mariátegui en 7 Ensayos sobre “la barbarie” de los negros. Frente a esa expresión prejuiciosa de Mariátegui, hubiera sido bueno señalar que esa valoración fue superada por el Amauta en trabajos ulteriores en que exaltó la transformación de los negros al conjuro de su incorporación a las fábricas y los sindicatos.

Mathews recuerda al alcalde de Lima don Federico Elguera, quien en 1901 eliminó los urinarios que existían en la Plaza de Armas de la capital y cambió el alumbrado a gas por la luz eléctrica.

A mediados del siglo pasado circulaba en el distrito moreno, el Rímac, un chiste acerca del diálogo de dos negros el día que instalaron en la Plazuela de San Lázaro unos postes de gas:

-Compare, ¿qué cosa son esos palos con su luz lutrina?

-¡Son cosas de los blancos para joder a los negros!

Lima abría paso a la modernidad. Elguera autorizó en esa época que los automóviles circularan en Semana Santa.

La rectificación de Mariátegui respecto a los negros arroja luz sobre el nuevo papel de la raza de ébano en nuestro mundo social y cultural. Trabajadores de color empezaron a crear el vals criollo. Eran obreros calificados que vestían con elegancia en sus jaranas. Es una lástima que Mathews haya omitido ese eslabón de la cadena cultural capitalina.

El ensayista resalta el papel de Felipe Pinglo, quien realza el papel de los nuevos personajes de la ciudad. Luis Felipe, el plebeyo, quien vuelve del trabajo a su humilde hogar (en la urbe). La obrerita. El canillita.

Mathews señala el papel de José María Arguedas como portavoz de los migrantes. En el rol de éstos no destaca un aporte a la canción de Lima. Un sector cultiva la música de su tierra, lo cual es admirable. Pero hay un ancho cauce de música “chicha”, de pobreza rítmica y melódica, con letras deplorables.

Omitidos resultan Manuel Acosta, Pablo Casas y otros notables creadores, varios de ellos negros, posteriores a Pinglo.

Daniel “Kirri” Escobar, Juan Luis Dammert, Fernando Rentería cantan con acierto a la Lima de hoy.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com

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