Despedida recordando un adiós

Escribo en el momento de partir a París gracias a una invitación no gubernamental. Me atrae la idea de hablar allá a jóvenes estudiantes peruanos que me creen digno de ser escuchado.

| 22 marzo 2008 12:03 AM | Columna del Director | 651 Lecturas
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He cumplido nueve meses de trabajo en este diario, y gracias a eso he cosechado aplausos y silbidos. Los aplausos corresponden al trabajo colectivo; las pifias las merezco, aunque a veces provienen de supuestos amigos.

Muchos años y una larga experiencia me han enseñado que los insultos suelen ser más sinceros que los halagos. Por ejemplo, quien me ha acusado y ha acusado a este diario de ser chavistas y subvencionados con petrodólares sabe que eso es mentira, y mentira canallesca. Pero le sale del alma.

En Cantos de vida y esperanza nos blindó Rubén Darío: “Pasó una piedra que lanzó una honda; / pasó una flecha que aguzó un violento. / La piedra de la honda fue a la onda / y la flecha del odio fuese al viento.”

Los elogios, en cambio, vienen a veces acompañados de la puñalada trapera, por la espalda.

En estos meses mi correo, aparte de amenazas de muerte, se ha llenado de elogios que a veces deslizan agravios. En ellos se ha llegado a insinuar que soy culpable de la ausencia de César Hildebrandt en estas páginas --ausencia que felizmente termina la próxima semana-- y se ha difundido, copiosamente, la idea de que soy responsable por los avisos, y por lo tanto las ideas, de Miguel Ángel Cornejo.

Nada me sorprende. Hace algunos meses, un profesor de Filosofía afirmó en un seminario de San Marcos que yo soy “un traidor a la clase obrera”. Claro que el sujeto es senderista y, además, capaz de esta enormidad: “En España no hay filósofos. En España sólo hay toreros, curas y maricones”.

El consuelo de quienes, tras 60 años de periodismo, no nos hemos enriquecido monetariamente son las voces de aliento que nos llegan desde abajo, desde la selva, desde el agro y los sindicatos y las mujeres y los poetas y los jóvenes y los pueblos jóvenes.

Gran consuelo para mí fue recibir un ejemplar inédito de la autobiografía de Leoncio Bueno, Hijo de golondrino. Conocí a Leoncio en el PCP, cuando ambos éramos muy jóvenes. Venía él de ser trabajador de la caña y era entonces obrero textil de la fábrica El Progreso. En la dedicatoria de su volumen pide que se me considere “el hijo más querido de la clase obrera”.

¿Quién pesa más: el poeta proletario o el filósofo de pacotilla?

De esa diversidad se nutre la vida, mi vida, que se ha enriquecido con la experiencia de La Primera.

Llevo en el corazón el adiós de los que me han deseado buen viaje.

Queda en pie que nuestro diario se ha convertido en trinchera de independencia, libertad y verdad, y que hemos cumplido lo que prometimos el primer día aquÑ Lo sabe nuestro público creciente.

Me voy, pero desde lejos seguiré escribiendo.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com