Cuento de Novedad

Cuando se acerca la Navidad, suelo escribir cuentos, cuentos que nadie lee, gracias a que no los publico. Yo no vivo del cuento. Hago hoy una excepción, invocando el espíritu de Charles Dickens para que interceda ante el Altísimo a fin de que me perdone por esta incursión en el recinto de Calíope, la musa que asiste a los reyes.

| 27 noviembre 2009 12:11 AM | Columna del Director | 452 Lecturas
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La historia urdida por mi seco magín es ésta:

Érase en el viejo país de Megalópolis un rey enamoradizo, que cuando le echaba el ojo a una dama no soportaba que ella le dijera no. La llamaba por teléfono, le proponía almuerzos, la invitaba a placenteros viajes, le prometía ascensos en el trabajo para ella y su esposo, si lo tenía. Hasta puestos en su gabinete solía ofertar.

Pero ¡ay! si la bella se resistía. O si cometía un crimen aún más horrendo: denunciarlo. Entonces surgía en él un odio sin medida ni clemencia.

Sucede que este rey donjuanesco, llamado Floripondio, tenía un gran amigo y colaborador, el duque Nuez. La desgracia de este próspero aunque corrupto cortesano consistió en tener una mujer muy guapa.

Su majestad no pudo con su genio. Codició a la mujer de su prójimo con una intensidad enloquecida. La señora era, sin embargo, fiel a su esposo y rechazó más de una vez el asalto enfermizo del rey.

En vista de que el acoso persistía, la señora decidió acusarlo ante la esposa del rey, la sufrida y paciente reina.

Lo que siguió fue una ola de furia del monarca, quien decidió despojar al duque de todos los honores que había recibido. Los honores, no los dineros, que él desde siempre sabía malhabidos.

La plebe ignara no se explicaba por qué el soberano empezó a desplegar, con lengua triperina, un inusual bagaje de insultos contra un duque que antes había merecido su cariño y predilección.

No comprendía el vulgo que en el alma de ciertos monarcas no cabe la posibilidad de que una mujer se resista a sus fogosos antojos.

Los de abajo no podían tampoco comprender que los reyes no aman como el común de los mortales; en realidad, muchos de aquellos están negados para el amor, debido a que se aman demasiado a sí mismos. Tienen en compensación un inagotable caudal de odio.

De allí la furia, el desenfreno, el insulto, el desborde trapalón, cuando una dama escapa a los tentáculos y tentaciones del poderoso, que se considera irresistible y no resiste ninguna resistencia.

Por supuesto, Su Majestad ha salido a denostar a su ex allegado, para lo cual ha fungido de moralista. Como si la multitud de la ciudad y el campo no supiera que es amante excesivo del dinero y acumulador de fortunas en su reino y fuera de él.

Pero así son los monarcas absolutos. Floripondio I es un ejecutivo implacable.

Los duques pueden caer, pero el rey sigue siendo el rey.

Y, colorín colorado, este cuento se ha terminado.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com