Crímenes sin orden escrita

Un tribunal de Tucumán, Argentina, condenó ayer a cadena perpetua a dos generales represores Antonio Bussi y Luciano Menéndez a quienes se les probó autoría mediata en el asesinato del senador peronista Guillermo Vargas, en 1976.

Por Diario La Primera | 29 ago 2008 |    

La sentencia confirma la doctrina del derecho según la cual los jefes del Estado o de las Fuerzas Armadas no suelen firmar la orden de matar; pero eso no anula su responsabilidad penal.

El homicidio contra el político peronista ocurrió pocas horas después de que las fuerzas armadas de Argentina derrocaran a la presidenta Isabel Perón. Ese 24 de marzo fatídico, el general Rafael Videla instauró la dictadura más sanguinaria que haya sufrido América Latina.

Los militares condenados ayer alegan que en realidad son víctimas de una injusticia, porque actuaron para combatir al terrorismo comunista.

Cierto es que en esa etapa, precisamente por los métodos de terrorismo de Estado que aplicaba ya el régimen de la señora Perón, sectores de la izquierda peronista, así como organizaciones trotskistas, habían recurrido a la lucha armada.

Sin embargo, y en primer lugar, los métodos aplicados contra los insurgentes fueron de crueldad monstruosa, aparte de ilegales. Además, no todas las víctimas eran insurgentes.

El 13 de diciembre de 1976, ocho meses después del putsch de Videla, el semanario alemán Der Spiegel publicó un informe en el cual se precisaba que entre los asesinados y desaparecidos figuraban “sindicalistas, liberales, sacerdotes católicos, judíos”.

La sanguinaria máquina fascista contaba, desde el inicio, con el auspicio y la ayuda del imperialismo norteamericano. Está probado que los golpistas, apenas instalados en el poder, comunicaron a Henry Kissinger, secretario de Estado de Estados Unidos, lo que pensaban hacer contra los derechos humanos. La respuesta de Kissinger fue precisa: “Háganlo, pero háganlo rápido”.

El capitán del Ejército argentino José Luis D’ Andrea Mohr, que se negó a cumplir las órdenes criminales de sus jefes, han escrito un libro abrumador sobre la época de la violencia en su país, Memoria de vida. Indica allí que los guerrilleros argentinos no pasaban de 600.

Quizás por eso, el gran periodista Rodolfo Walsh, que militó en el movimiento armado de los Montoneros, escribió: “No hay que confundir la vanguardia con una patrulla perdida en la selva”. A Walsh, como se sabe, lo torturaron, lo asesinaron y lo hicieron desaparecer. Para siempre.

Justamente ayer, cuando se producía la sentencia contra los dos generales argentinos, el juez emérito de la Corte Suprema de España José Martín Pallín explicaba en Lima que el terrorismo de Estado no dicta órdenes escritas para perpetrar un crimen y tiene recursos para borrar rastros. Los asesinos no son locos sueltos que actúan por su cuenta.


    César Lévano

    César Lévano

    Razón Social

    cesar.levano@diariolaprimeraperu.com