Corrupción global

Los neoliberales han metido en la cabeza de muchos la idea de que las empresas estatales fomentan la corrupción. Fujimori demostró que, en realidad, la corrupción puede crecer como un cáncer bajo la bandera de la libre empresa, y en el acto mismísimo de la privatización.

| 02 setiembre 2011 12:09 AM | Columna del Director | 2.7k Lecturas
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También el régimen de Alan García cultivó esa realidad.

La corrupción política es uno de los fenómenos más privados que pueden existir. La empresa que paga una coima lo hace por interés privado, defraudando al Estado y al país. El que percibe la coima lo hace asimismo por interés privado, y burla al Estado, al país, y, por añadidura, traiciona y corroe la moral de la función pública.

Parodiando a Sor Juana Inés de la Cruz, se puede decir que comparten culpa el que peca por la paga y el que paga por pecar.

La mejor prueba de lo corrupto que puede ser el sistema neoliberal se da en Estados Unidos. Más de un libro demuestra cómo los ministros de George W. Bush ganaron miles de millones de dólares atizando la invasión de Irak para proporcionar armas de destrucción masiva, combustible, asesorías, mediante verdaderas marrullerías o simplemente estafas.

Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos y ministro de Defensa de Bush, es ejemplo brutal de fusión entre negocio privado y política estatal. En alguna ocasión se acusó de fraude a la petrolera Halliburton Company que presidía.

La corrupción política es tan global como el neoliberalismo. La revista británica The Economist informa en su edición del 20 de agosto dos casos excepcionales. Uno es el del combate que Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, libra contra la corrupción incrustada en su propio gobierno. En junio, precisa el semanario, tuvo que deshacerse de su jefe de gabinete, Antonio Palucci, después de que se revelaron malos manejos de éste en el pasado.

A partir de eso, la presidenta ha sido enérgica en depuraciones. Cuando la revista Veja publicó pruebas de sobrevaloración en contratos con el Ministerio de Transportes, la mandataria despidió a docenas de funcionarios, incluido el ministro.

A la semana siguiente, Veja documentó sobrevaloraciones y coimas en el Ministerio de Agricultura. El número dos del ministerio fue despedido. El 17 de agosto, el ministro, Wagner Rossi, renunció.

El caso Rouseff brinda dos moralejas. Una es la severidad con que expectora a los corruptos. La otra es que la lucha contra la inmoralidad gubernamental estorba la acción del Estado, en un momento difícil de la coyuntura mundial.

Otro caso espectacular es la lucha contra la corrupción que libra en la India el anciano gandhista Anna Hozare. Las denuncias de Hazare han prendido sobre todo en la juventud. Lo prueban los 1,300 muchachos que fueron apresados igual que él a mediados de agosto.

Las luchas continúan.


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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com