Bradbury: el último sueño

La muerte de Ray Bradbury entristece a los habitantes de la Tierra y quizás a los de Marte, sí es que existen.

| 08 junio 2012 12:06 AM | Columna del Director | 2.1k Lecturas
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Escritor fuera de serie, Bradbury influyó en narradores, poetas, cineastas, conductores de televisión y de radio. Jorge Luis Borges, quien tradujo las Crónicas marcianas, no sólo era su admirador, sino que aprovechó vetas de ese inventor incansable.

El maestro había nacido el 22 de agosto de 1920. Su familia, como millones de estadounidenses, fue arruinada por el crash que azotó al mundo entero. Entre 1928 y 1932 el pequeño Ray vendió periódicos en las esquinas de Los Ángeles.

En su libro de ensayos Zen en el arte de escribir ha contado sus inicios, que parecen presididos por la magia y la ilusión. “Yo no lo sabía”, escribe, “pero estaba escribiendo una novela literalmente barata. En la primavera de 1950, escribir y terminar el primer borrador de El bombero, que más tarde sería Fahrenheit 451, me costó 9 dólares y ochenta centavos, en monedas de diez”.

Explica que desde 1941 casi todos sus relatos los había escrito en un garaje en la modesta casa en que vivían “porque éramos pobres”. Pero resulta que sus pequeñas hijas insistían en acercarse a la puerta del fondo y cantar y golpear el vidrio. Al escritor le encantaba jugar con las niñas, pero entonces no podía escribir, y sus modestos ingresos corrían peligro.

Encontró un lugar propicio. Una sala de mecanografía en el sótano de la biblioteca de la Universidad de Los Ángeles. Allí había una docena de máquinas de escribir que se alquilaban a diez centavos la media hora.

Cuenta Bradbury que andaba por los pasillos de la biblioteca, entre los estantes, “perdido de amor, tocando libros, sacando volúmenes”. Eso, mientras imaginaba una “civilización” que buscaba exterminar los libros.

En reciente entrevista, Bradbury declaró: “tenemos que volver a los libros; si no, perdemos la civilización”.

Hace algunos años, en una Feria del Libro en Buenos Aires, precisó que no usaba computador. “Denme 20 hojas de papel y yo las lleno con una narración. Pónganme al lado 20 jóvenes con sus computadoras, a ver qué hacen”.

En otra ocasión le preguntaron qué opinaba de las mujeres que usan ropa de hombre y de los hombres que usan pelo largo. Respondió: “¿A quién no le gustaría diferenciar entre hombres y mujeres?”.

En su maravilloso libro El vino del estío, el maestro recuerda su niñez en una típica aldea norteamericana. En sus páginas hay un fragmento conmovedor. Dice que en ese tiempo, debido a las maravillas que preparaba su abuela en la cocina, había llegado a la conclusión de que en las manos de la abuela, en su sabiduría, había nacido la civilización.

Es cierto, todo nace de las abuelas y las abuelas de las abuelas. Y, por cierto, el hilo conductor: las hijas de las abuelas.

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César Lévano

Razón Social

cesar.levano@diariolaprimeraperu.com