Sombra y memoria

Todo el universo está en la mente. Los amores intensos, los que se pierden sin dejar huella, los que dejan tanta huella que no queda más remedio que vivir por siempre con ellos, aumentando la necesidad de perpetuar el martirio y el deseo, la ilusión de vivir día por día, desterrando los odios y los miedos, renovando los adioses y los reencuentros. El tiempo y el fuego.

| 30 agosto 2009 12:08 AM | Cine | 734 Lecturas
Sombra y memoria
Rita Hayworth

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Allí está ‘Gilda’ (1946, Charles Vidor), su voz cantando Put the Blame on Mame y su figura bajo el vestido de raso, los hombros y los brazos desnudos, como el alma, despertando los instintos. ‘Gilda’ es por ello inmortal.
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Uno arma su propio destino imaginario que la vida va confirmando o negando. Las confrontaciones con la realidad perfilan la voluntad y el sentido de las cosas. Se aprende dolorosamente. Incluso la esperanza de tornar de nuevo el estadio de la felicidad transitoria, es mental. Porque luego uno descubre que la felicidad es también una ficción. Y en todo este ir y venir, la memoria juega el papel de enlace entre lo imaginado y lo vivido.

Perder la memoria es perderlo todo, ingresar a otro mundo donde la sombra es enorme y lo es todo. Los testigos que miran desde afuera ese lento y silencioso proceso de la ausencia, sufren por el temor de ser el próximo en la ruleta de la vida.

La Hayworth, antes de morir, ya estaba muerta, alcanzada por el temible Alzeheimer. Imagino cómo se descuelgan los trazos de lo vivido, cómo el árbol del durazno queda sin hojas, sin olor, sin flores ni colores y el fruto es apenas una forma sin sentido, algo redondo que no se sabe para qué existe o sirve. La piel del durazno, su suave textura desaparece entre los dedos y el viaje hacia el cerebro: sólo queda una forma que la vista trata de descifrar y tampoco puede. Y entonces el fruto material no existe, mucho menos los frutos más sofisticados como el amor, la ternura o el deseo.

Imagino el dolor de la princesa Yazmín cuando mira a su madre y en el espejo de sus ojos -antaño tan intensos y brillantes- no encuentra su reflejo. Hija y desconocida, la imagen no llega a la memoria. Es decir llega, pero la memoria no está y nada ocupa su lugar. Entonces no se llega, se pierde en el vacío.

Sólo queda soñarla cómo fue. Para eso está el cine. Artificio del tiempo, en donde nadie muere, en donde todo se condensa, se intensifica y renace.

Memoria de memorias, la pantalla es el gran espejo, la salvación y la luz. Allí está “Gilda” (1946, Charles Vidor), su voz cantando Put the Blame on Mame y su figura bajo el vestido de raso, los hombros y los brazos desnudos, como el alma, despertando los instintos. “Gilda” es por ello inmortal.

Hace unos años, un muchacho de 18 años asistió al cine club universitario de la Universidad Ricardo Palma llevado por su padre. El muchacho aceptó a regañadientes, decía que no le atraían las películas antiguas, le parecían lentas, aburridas. El padre insistió. Quería compartir con su hijo el descubrimiento de la fascinación del mito. Luego de ver la película, el muchacho confesó haber quedado estupefacto por la belleza y la sensualidad de Rita. Se enamoró. El padre volvió a vivir las intensas emociones cuando fue, a su tiempo, adolescente que despierta a los rigores de la sexualidad. No importa que Rita no esté. Todavía inspira pasiones, perturba corazones, resuelve aprendizajes.

Gracias al cine, la memoria es preservada más allá de la propia vida. La imagen perennizada cuando la vida fue, cuando la muerte muere irremediablemente, cuando la memoria resucita de sus largos silencios para alimentar todas las memorias del mundo que es, al fin y al cabo, la historia que avanza, los seres humanos que crecen, aman, brillan y desaparecen, hasta que la luz de la pantalla se enciende para recuperar todas las memorias.

Ronald Portocarrero
Redacción

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