La piel salvaje y el actor

La materia prima con la que trabaja un actor son las emociones. Dennis Hopper dice que el actor tiene dentro de sí mismo una paleta de emociones y al igual que un pintor va plasmando en la tela, la múltiple gama de colores, luces y sombras, el actor recurre a sus emociones para configurar su personaje. El instrumento de este proceso es su cuerpo. Debe quitarse la piel, ocultar sus propios amores, odios, deseos, miedos y vestir su cuerpo con la piel, las emociones, las conductas de otras personas que él no conoce pero que contribuye a crearla de la nada, investirla de una humanidad transitoria que concluye cuando las luces se apagan y el telón desciende.

| 07 julio 2012 12:07 AM | Cine | 1.3k Lecturas
La piel salvaje y el actor
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El ejercicio continuo de este proceso mágico de desdoblamiento puede producir diversos grados de neurosis y, ciertamente, una hipersensibilidad emocional cuyos riesgos alcanzan la propia personalidad del actor. El remedio, a veces, puede ser la dispersión de la mente, la estimulación de la sensorialidad, a través de los bloqueos mentales –naturales o la visita a los paraísos artificiales- donde el actor, o el artista, vuelve a encontrarse consigo mismo o con su fantasma, si el personaje ha ganado en el peligroso juego de los desdoblamientos. Pero esta ruleta rusa donde la adrenalina fluye sin el riesgo inmediato de la muerte, es el encanto y el misterio que envuelve a la profesión del actor, que más que profesión es pasión.

Uno de los grandes paradigmas del actor de teatro y cine norteamericano es Marlon Brando, catapultado a la categoría de mito desde los años 50, a partir de su interpretación en teatro y cine del personaje principal, el Stanley Kowalsky de “Un tranvía llamado deseo” de Tennesse Williams, bajo la dirección de Elia Kazan.

¿Qué fue lo que hizo Brando desde la perspectiva de la actuación? ¿Por qué el propio Brando contribuyó sistemáticamente a destruir su propio mito, cuando todos los actores de Hollywood más bien tratan de alcanzar esa condición? Contestar estas preguntas conlleva la tentación de hacer un largo ensayo acerca del “método”, sus virtudes, limitaciones y su contribución al prestigio del cine, al haber aportado los nombres de varias estrellas que han pasado por las aulas de la famosa escuela neoyorquina, el Actor´s Studio, fundada en 1947 por Elia Kazan, Robert Lewis y Cerril Crawford.



Marlon Brando es el primer exponente del estilo de actuación basado en las técnicas de Constantin Stanislavsky, que sugiere la creación naturalista de un personaje a partir de las emociones. Pero el impacto que produce Brando, en el público femenino, es a partir de su interpretación del Stanley Kowalsky por la enorme fuerza que imprime al deseo anormal de su personaje, expresado con todo su cuerpo y su mirada, sin pronunciar una sola palabra, eludiendo la férrea censura moralista del código Hays. Su actuación obliga a cambios en la manera de fotografiar al actor. Ahora ya no basta el bello rostro hábilmente iluminado en un primer plano. Brando necesita planos abiertos para mostrar su torso desnudo, sus músculos, el cuerpo tan deseado por Stella, su mujer.

Pero el atractivo de la película no es solo Brando, sino también Vivien Leigh, la gran actriz británica. Puede decirse que “Un tranvía...” fusiona dos grandes escuelas actorales: la perfección formal de la tradición shakespeariana inglesa, representada por la Leigh y el naturalismo turbulento del mejor teatro norteamericano contemporáneo, representado por Brando.

Entre el cuerpo perfecto de Brando a los 26 años, cuando hace el Kowalsky; y el monstruoso obeso de 100 kilos que se presenta en el talk show de Larry King, el 5 de abril de 1996, media la destrucción del mito, tarea efectuada sistemáticamente por el propio actor, en el enorme esfuerzo por quedar deshabitado de su personaje y ser él mismo, sin máscaras ni artificios. Por eso se exhibe obeso, descalzo y para destruir, del todo, la aureola del potente macho, que a lo largo de su vida lo acompaña, concluye la entrevista con un apasionado beso en la boca del desconcertado entrevistador. ¡Brando ha muerto! ¡Viva Brando!

Y como él tantos otros en varios tiempos y países: Sir Laurence Oliver, Ian McKellen, Monty Clift, Robert de Niro y tantos otros de ayer y hoy.


Escribe: Ronald Portocarrero

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