El rostro impenetrable

Rafo León contó alguna vez una anécdota sobre Buster Keaton. No sé si la anécdota es apócrifa o cierta, pero creo que ilustra el sentido del humor del genial cómico. Buster Keaton en su lecho de agonía, vencido por un cáncer al pulmón, siente que la muerte le llega. El frío se inicia en los pies y va avanzando por el cuerpo. Pero el frío de los pies es insoportable. Keaton dice que a todos los que van a morir se les enfría primero los pies y que -con toda certeza- la única excepción fue Juana de Arco.

Por Diario La Primera | 26 set 2010 |    
El rostro impenetrable
Buster Keaton

Keaton muere en 1966 y su última aparición en la pantalla fue en “Algo sucedió camino al foro” (1966), la película de Richard Lester. Un año antes, la Mostra del Cine de Venecia le rindió un cálido homenaje. El fervor del público fue enorme, pero tímido e incrédulo, no entendía a quién iban dirigidos los aplausos.

El largo silencio al que lo condenó la Metro a partir de 1926, impidió el desarrollo de su genio. Keaton siguió apareciendo en varias películas, incluso en el período sonoro, pero nunca tuvo el control sobre su trabajo después de “La General” (1926), la parodia sobre la guerra de secesión norteamericana y, de paso, un “remake” en clave de comedia, de “El Nacimiento de una nación” (1914) de D.W. Griffith.

Los inicios de Keaton en el cine hay que buscarlos en los cortos cómicos de Sennett y Roscoe Arbuckle, en la mejor tradición del “slapstick”. De la enorme cantidad de películas que forman parte de la comedia americana en el período mudo, sólo hay dos cómicos que destacan por su brillo y genialidad: Charles Chaplin y Buster Keaton.

Chaplin siempre tuvo el control total de sus producciones, pero cuando la Metro compra el contrato de Keaton a la Paramount, Louis B. Mayer le obliga a rodar películas inadecuadas que le anulan su vena creativa y lo sumen en un estado depresivo que lo arroja a la autodestrucción alcohólica.

Recién en 1950, la televisión rescata su pasado y le restituye, en parte, la popularidad. Buster Keaton supera, al igual que Chaplin, los límites del slapstick, creando un personaje de profundas dimensiones humanas y sociales. El universo de las películas de Keaton registra el caos que el maquinismo, el progreso tecnológico y la modernidad añaden a la vida del hombre. Son fuerzas extrañas, desatadas por el azar o un poder sobrenatural desquiciado que convierte al hombre en un objeto. El hombrecito delgado y asombrado confronta desde su indefensa condición y gracias a su inteligencia e inventiva tales fuerzas. Y sobrevive al caos. Tiene, a veces, y como recompensa, el amor de una muchacha dulce e ingenua.

Para hacer más evidente el contrasentido de las situaciones en las que se ve involucrado, construye su personaje otorgándole el rasgo que lo caracteriza, el de la inexpresividad de su rostro, más no el de sus ojos ni el de su cuerpo rápido y ágil, mecanismos puramente visuales -la esencia del cine- que le permiten componer multiplicidad de sentidos en el conflicto entre lo humano y la naturaleza del caos. El humor surge entonces desde la sutileza de las situaciones y se hacen carcajadas por el ingenio con que vence las más inverosímiles dificultades. A veces la observación de los hechos le permite ampliar el efecto del humor. Como cuando incorpora una nueva escena en Las siete ocasiones (Seven Chances, 1925). La escena mostraba a Keaton perseguido, ladera abajo, por numerosas mujeres vestidas de novia. Cuando proyectó la escena consiguió el efecto deseado, pero de pronto el público estalla en carcajadas. Buster no sabe qué provocó la risa descomunal. Revisa la toma en la mesa de montaje y observa que detrás de las mujeres, también ruedan tres pequeñas piedrecillas por la ladera, en forma involuntaria. Keaton vuelve a filmar la escena pero esta vez es perseguido por mil quinientas piedras de diverso tamaño en un descenso vertiginoso de más de 45 grados.

El perfecto dominio de su cuerpo le permitió filmar peligrosas acrobacias sin un doble y para que el público tuviera la noción de lo real de la situación, la registra en un solo plano continuo, sin cortes que ocultaran el artificio. Este entrenamiento le viene de antiguo, de su padre y madre, Joseph y Myra Keaton, del oficio de cómico ambulante, del vaudeville y el music hall. A los tres años es ya un actor profesional junto a sus padres. Keaton nace el mismo año del nacimiento del cinematógrafo (1895) y es bautizado como Joseph Francis.

El nombre de Buster es un apodo creado para él por el gran ilusionista Houdini. En la historia de la risa cinematográfica es justo recordar su nombre, su aporte y su genio, junto con Chaplin, a la vasta tradición de la comedia americana.

Ronald Portocarrero
Redacción

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