El futuro es nuestro

Los lineamientos eran el Che, la lucha de Allende, Tabaré desde hace muchos años. Reconocerse en las grandes necesidades del pueblo, reconocerse en las mayorías, encontrar que el arte está comprometido, pero tiene que ser arte liberado de las ataduras formales.

| 14 abril 2012 12:04 AM | Cine | 1.2k Lecturas
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Han pasado más de 40 años desde los primeros encuentros de cineastas de América Latina en Viña del Mar (Chile). Y el cine latinoamericano es reconocido en el mundo entero por su vitalidad, su creatividad y por ser el espejo de todos los sueños realizados, cuando los jóvenes de aquel entonces querían tener una cámara en la mano y en la otra, un fusil.

En la siguiente entrevista realizada por María Elena Delgado, de la Revista Dugital de la Fundación para el cine latinoamericano, a Miguel Littín, el realizador chileno cuenta parte de esta historia.

¿Qué ha sido el cine para usted?
- La vida. No he hecho otra cosa en mi vida que cine. Es la cosa más maravillosa, el cine me llena de ensueños, de emociones, de sentimientos. Y encontrar el sentido de la vida, encontrar al hombre, la mujer, sus problemas, los amores, la pasión, el placer que significa narrar, contar historias. A los tres años, si tengo memoria, fue cuando vi la primera película, sentado en la falda de mi abuelita, en su jardín donde pusieron una sabana blanca en medio del barro, los frutales, la verdura y todo eso. Debió haber sido maravilloso lo que estábamos viendo porque después todos los niños corrimos por detrás de la pantalla para ver de dónde salían esos barcos, esos caballos, ese mar, esas voces que brotaban ampliadas así como por el viento. Era tan fuerte la impresión, y después, cuando a los nueve años vi Roma, ciudad abierta, de Rosellini, entonces, quedé absolutamente prisionero de ese lenguaje, de esa forma de narrar, de esos contenidos y de alguna u otra forma se produjo una integración de lo que era la enseñanza cristiana, que yo no la veía en la práctica que nos daban en el colegio, con los caminos del revolucionario y del comunista que están en la película y entonces cristianos y comunistas luchan contra el fascismo por la libertad. Para mí, en esa edad fue muy importante.

¡Qué maravilla! Han pasado 40 años ya. ¿Qué recuerdos le trae Viña del Mar? ¿Qué herencia ha dejado ese encuentro en su vida y para sí?
- Viña del Mar fue fundamental porque nos dimos cuenta que no estábamos solos, que no éramos chilenos aislados, porque encontramos a nuestros hermanos cubanos, bolivianos, argentinos, peruanos y mexicanos. Y veíamos el cine en una gran pantalla que era América Latina y reconocíamos en esos rostros, los campesinos del noroeste brasileño, la esencia en este conjunto, en este crisol de naciones de individualidades: una variedad maravillosa de culturas. Encontrábamos nuestra propia identidad, estos somos, somos latinoamericanos y somos parte de una gran lucha continental.

¿Cómo se gesta este Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano?
- Realmente quien nos junta a todos y va uno por uno fortaleciendo sus ideas y hermanándonos a todos es Alfredo Guevara. Enmarcado en el ‘67 y el ‘69. En el ‘67, siembra y en el ‘69, entonces, recoge gran parte de lo que ha sembrado y va amarrando, ligando destinos- Ha sido una verdadera labor de formación, y los lineamientos están ligados a la Revolución Latinoamericana. Los lineamientos eran el Che, la lucha de Allende, Tabaré desde hace muchos años. Reconocerse en las grandes necesidades del pueblo, reconocerse en las mayorías, encontrar que el arte está comprometido, pero tiene que ser arte liberado de las ataduras formales, alcanzar un nivel de expresión que esté a la altura de la literatura Latinoamericana de la época: Carpentier, García Márquez, Neruda en la poesía; que esté a la altura de los grandes muralistas mexicanos: Orozco, Sequeiros, Rivera; que esté a la altura de las vinculaciones culturales, vertical, horizontal como Wilfredo Lam, que nos descubre nuestros rasgos africanos; como Roberto Matta, el último surrealista, los pintores que al surrealismo le agregan también estas raíces profundas que son nuestros ancestros. Nos descubrimos como latinoamericanos en el arte en cuanto allí está la identidad, allí están Rulfo, en Pedro Páramo, novela que está en los acordes de los grandes músicos latinoamericanos, de la pintura, la poesía, el arte, el teatro; allí encontramos nuestro marco de referencia pero sobre todo en las luchas populares, en las luchas de los campesinos por la tierra, la reforma agraria, las grandes movilizaciones obreras, las grandes movilizaciones mineras, la gente que ya no está pensando en sí misma, que está pensando en los demás, que une su dolor al del otro, y juntos emprenden la lucha, como decía el Che, “Esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar”.


Ronald Portocarrero


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