El esplendor del horror

Federico Fellini (Rimini 1920 -Roma 1994), es uno de los cineastas italianos que ha marcado el cine mundial con su avasalladora personalidad artística. Su estilo abarca un conjunto de obras singulares desde sus inicios como guionista de Roberto Rosellini, en los albores del neorrealismo italiano, hasta sus filmes más personales. Su imaginería febril, sus métodos de trabajo, los actores-fetiche que dan vida a sus personajes míticos, realistas, expresionistas hasta el delirio y sus temas lúdicos, autobiográficos, surrealistas y barrocos al mismo tiempo, han configurado una suerte de universo cinematográfico, complejo, polémico y de contrastes absurdos, en donde el humor y el sarcasmo brutal aparecen mezclados con la sensualidad, el erotismo y la aventura de la vida en todas sus facetas.

| 25 octubre 2009 12:10 AM | Cine | 835 Lecturas
El esplendor del horror
Federico Fellini
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En su amplia y extraordinaria filmografía, destaca un breve relato que formó parte de una trilogía en una coproducción con Francia. Me refiero a “Tres pasos en el delirio”. El relato es una evocación fantasmal del cuento de Edgar Alan Poe “No os juguéis la cabeza con el diablo”. En manos de Fellini, el relato adquiere otras dimensiones. Las luces azules y el brillo de la bruma envuelven a Toby Dammit, que regresa desde su propia muerte a mostrarnos la fascinación de los infiernos, el dolor del universo de ultratumba, la estética del delirio y del horror. La película a la que me refiero es Toby Dammit, un cortometraje que formó parte de una coproducción franco italiana filmada en 1968 y en la que intervienen también otros directores, Roger Vadim y Louis Malle: “Historias extraordinarias”.

Pero la historia de Fellini es conmovedora y mágica a través de las imágenes de una realidad fantasmal, sin tiempo ni final, en la que la humanidad pálida y adolorida de Terence Stamp, el muerto que relata la aventura de su propia muerte para una muchacha que le mira y escucha -una diablesa sonriente, sensual y provocadora-.

Dammit viene desde otro tiempo a protagonizar una película, “el primer western católico”. Aterriza en el aeropuerto de Fiumincino, fotografiado en tonos acerados y rojos. Dammit es tratado como una súper estrella cinematográfica. Su rostro no aparece en cámara todavía y los largos travellings subjetivos muestran al espectador la mirada interior del misterioso personaje. La gente mira a esos fantasmas con muecas de asombro, de horror o indiferencia. Las luces de los destellos fotográficos lo ciegan, los brazos que lo arrebatan de las sombras lo muestran, ahora sí, al espectador. Pero sus manos tratan de detener la luz, poner una barrera entre las tinieblas y la iridiscencia. Dolorosos gestos, movimientos lánguidos de la cabeza -un globo blanco flotando en el vacío-, que nos prepara para ver el otro globo, pálido y congelado, seccionado del cuerpo, flotando en la luz de los faros del Ferrari rojo, en medio de la bruma.

Los personajes que rodean a Dammit parecen tan fantasmales y congelados como él, disecados como las ovejas hiperrealistas que interrumpen el viaje del Ferrari rojo. El viaje se detendrá más allá, en un puente roto, abierto al abismo, mientras la tentación de la sonrisa de una niña bellísima -metáfora de la pureza del mal-, lo atrapa, lo seduce siempre, antes y ahora y Dammit avanza hacia el vacío, hacia la nada. Sabe que allí termina su viaje, siempre lo supo, pero el vacío recibe su cuerpo y el sonido, parecido a un aullido en la noche, es en verdad el cable de metal, sangrante, vibrando porque ha seccionado su cabeza, que flota en el aire, como una pelota macabra junto al globo blanco, mientras la niña sonríe satisfecha. El final muestra el puente al amanecer, iluminado por tenues farolas que apenas brillan.

Como en casi todas las películas de Fellini, la música del Nino Rota contribuye a la construcción de las atmósferas que atrapan al espectador. Una joya, breve y perfecta del maestro.

Ronald Portocarrero
Redacción


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