El Árbol de la Vida

Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y nominada al Oscar como Mejor Película, la discutida obra de Terrence Malick es el evento cinematográfico del año.

| 05 mayo 2012 12:05 AM | Cine | 1.3k Lecturas
El Árbol de la Vida
Calificación: ****

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DETALLE

‘El Árbol de la Vida’ es el quinto largometraje de Terrence Malick (68 años), autor de las geniales ‘Badlands’ (1973), ‘Días de Cielo’ (1978), ‘La Delgada Línea Roja’ (1998) y ‘El Nuevo Mundo’ (2005). Su próximo proyecto es ‘The Burial’, con Ben Affleck.
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O milagrosa para sugerir sensaciones, para hacernos descubrir el mundo como si fuera nuevo, el cine de Terrence Malick parece haber nacido en una época cuando aún no existe la tecnología para experimentarla en su total amplitud. He visto ‘El Árbol de la Vida’ por tercera vez y estoy más convencido que Malick ha hecho una película para ser percibida, para ser absorbida, para ser respirada. No es absurdo imaginar un multicine del futuro donde ‘El Árbol de la Vida’ sea reestrenada en formato 4D. Todo esto concierne al aspecto estrictamente formal, en donde el fotógrafo Emmanuel Lubezki (maestro del plano secuencia y de los lentes angulares) se revela como un colaborador esencial; su cámara se ha convertido en un tercer ojo para Malick, permitiéndole atravesar fuego, tierra, agua y aire; desafiar las leyes de la física; ocupar espacios microscópicos; enmarcar lo infinito; acortar el tiempo; vislumbrar la eternidad.

Hasta aquí podríamos estar refiriéndonos a un sensualista o un paisajista. Es verdad que Malick tiene algo de ambos, pero ninguna de estas categorías alcanza para contenerlo. Lo verdaderamente difícil para los cineastas más ambiciosos es saber qué cosa filmar. No importa la historia que se esté contando, lo importante es que las imágenes sean honestas, justas, necesarias. Algunos artistas eligen el camino del minimalismo, del despojamiento, la austeridad. Pero esa no es la única forma de llegar a la trascendencia. Y Terrence Malick apunta en esa dirección; lo hace sin falsas modestias, sin reprimirse un ápice, sin reconocer (aparentemente) deudas cinematográficas. ‘El Árbol de la Vida’ fue creada con la intención de ser su obra maestra, tal como hizo Miguel Ángel con La Capilla Sixtina o Mahler con su Octava Sinfonía. Que Malick haya realizado su película soñada con el consentimiento de Hollywood y la venia de Cannes despierta suspicacias. En estos tiempos está prácticamente vetado ingresar a la historia por la puerta grande. Malick lo sabe perfectamente, por eso su reconstrucción del nacimiento del universo debe ser registrada como una de las audacias más significativas del arte contemporáneo.

El detonante o la excusa que encuentra Malick para tocar las puertas del cielo es una tragedia familiar. A partir de la muerte de un hijo, de un hermano, se cuestiona todo, surgen interrogantes religiosas (la existencia de Dios), interrogantes filosóficas (el sentido de la vida), interrogantes morales (las consecuencias de nuestras acciones), es decir, las preguntas que abruman al hombre desde sus orígenes. A pesar de ello, ‘El Árbol de la Vida’ solo podría ocurrir en la época actual, una época crítica desde el campo de la fe. Un panteísta como Malick no podía ser indiferente al hecho que vivimos una contradicción, una ilusión de progreso. El “protagonista” ha obtenido todo lo que su padre aspiró en su juventud, pero es tan o más infeliz que él, lo que es paradójico porque de niño solía odiar todo lo que él representaba. Para Malick, la autosatisfacción es la muerte en vida. Sin este reconocimiento no hay ninguna búsqueda. Mi impresión es que el filme expresa poéticamente todo aquello que no podemos. Nos permite abrazar al mundo, a nuestros seres queridos. El cine como un medio para alcanzar la armonía que la naturaleza nos ha negado. Son 149 minutos de trance y ensoñación sin límites.


Escribe: Claudio Cordero


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