El adiós a José Luis Borau

De pequeño creía que las películas las hacían los actores. Hasta que me enteré de que quien hacía la película normalmente no salía. Se ha perdido lo que decían los eléctricos: “No se preocupe, director. Si es difícil, está hecho; si es imposible, se hará”.

| 08 diciembre 2012 12:12 AM | Cine | 623 Lecturas
El adiós a José Luis Borau 623

A los 83 años falleció José Luis Borau el talentoso director español cuyo film “Furtivos” lo catapultó como un director de culto, allá por los años sesenta. Poco antes de morir concedió una entrevista a Javier Olivarez. Reproducimos las reflexiones del maestro en torno al cine.

– ¿Empezó haciendo crítica en ‘El Heraldo de Aragón’?
Fue más porque me gustaba mucho el cine. Yo estudiaba cuarto de Derecho en Zaragoza. El director de El Heraldo, el más joven de España, había coincidido en el colegio conmigo y sabía de mi pasión. No estaba contento con el crítico del periódico, uno de esos que ni veían las películas. No vio Bienvenido Mr. Marshall, pero se metió con ella. Para aquel crítico, algo sin Jorge Mistral o Carmen Sevilla en el reparto no tenía trascendencia. Mi amigo, el director, al ver que la película venía como mejor comedia del Festival de Cannes, le echó. “¿Te atreverías a hacer la crítica de cine del periódico?”, me preguntó. “Peor que el que tenías no puedo ser”, pensé. Figúrate, en El Heraldo, una biblia regional.

– ¿Le granjeó enemistades aquello?
¡Claro! El gobernador de la provincia le preguntó al director del periódico quién era ese Borau. “Un señor que sabe mucho de cine”, contestó mi amigo. “Pues es un antipatriótico”. Me dio permiso para seguir haciendo lo que quisiera, desde el punto de vista técnico y cinematográfico.

– ¿Por qué empezó con un el ‘western’?
Yo formaba parte de la Junta de Clasificación del ministerio. [José María] García Escudero, director General de Cinematografía y Teatro, como había sacado buenas notas (me habían dado el premio nacional fin de carrera), me llamó para la junta. Puse como condición no figurar también en la de censura. Un productor del régimen, Eduardo Manzanos, se especializó en producciones italianas del oeste. En Hoyo de Manzanares (Madrid), había construido un poblado. Me llamó para hacer una película [Brandy].

– ¿Aprendió más en aquel rodaje que en la escuela?
Claro. En la Escuela me costó descubrir que allí se aprendía de cine, pero hacerlo... No es lo mismo saber quién es John Ford que saber por qué John Ford hacía esto o aquello.

– ¿Y eso no se enseñaba allí?
No. Te enseñan a pegar un plano con otro, a montar. Yo reconocía que no sabía hacer cine, solo verlo. Por eso me vino bien el western. Además del montaje, con las carreras de caballos y las peleas… aprendería. Luego hice otro tipo de incursiones.

– ¿Cuáles fueron sus mejores alumnos?
Antonio Drove e Iván Zulueta, con diferencia. Drove, con tendencia a perderse en la maraña de lo que inventaba. Y a Iván, o lo tomabas o lo dejabas, porque te hacía sufrir mucho. Era indomable, pero un tío fantástico. [Tanto la habitación donde tiene lugar la entrevista como toda la Fundación están repletas de carteles y cuadros de Zulueta]. Para el guion de Hay que matar a B, en el que invertimos nueve años, era mejor Drove que Zulueta. ¡Tenía el cine americano en la cabeza!

– ¿Qué le pareció Hollywood, donde rodó Río Abajo?
Yo nunca quise ir allí, pero Barbara Probst Solomon y Juan Goytisolo se empeñaron. Habían visto juntos La Sabina en la Navidad de 1979. Les gustó mucho y me invitaron a cenar. Los americanos, cuando les gusta algo, sea una película o un jugador de la NBA, sienten la necesidad de adoptar algo. Ideas, conceptos. Ese es el origen de Hollywood: después de la Primera Guerra Mundial, se llevaron a todo el que destacaba en Europa. Barbara Probst, en aquella cena, me dijo: “Tendrías que venirte, porque tu mentalidad es de allá, es una pena”. Fíjate qué relativo, por llamarlo de alguna manera. Juan asentía.

– ¿Y encajaba en Estados Unidos?
Un día vino un productor y la célebre montadora de Tiburón, Verna Fields, luego subdirectora de Universal. Querían hacer Mi querida señorita. Después de hablar mucho con Verna Fields y de que Barbara P. Solomon hiciera una adaptación del argumento, el cántaro se rompió. Descubrí que la película iba a hacerla una directora italiana ¡a la que yo detestaba! [nuevo repunte de voz], Lina Wertmüller, experta en copiar tramos de Fellini o Antonioni. Ni me pagaron el trabajo, ni se hizo la película.

–¿Cómo ve el cine actual español?
Desde el punto de vista de un viejo, se empiezan a sospechar las posibilidades infinitas de la tecnología. Hay muchas más que cuando llegó el cine sonoro, que en su momento fue una revolución. La ciencia-ficción parece imparable.

– ¿Por eso cree también que “Rodar es fracasar”?
Nada es como te lo has imaginado. Cuando llega la toma 47, por ejemplo, dan las luces y no es como lo habías previsto tú. El director de fotografía lo ha interpretado a su manera, y un cambio de iluminación puede suponer dos horas. Como decía Cervantes: “Quien diga lo contrario, miente”. Pero hay directores tan narcisistas, que no sé yo.

– En este oficio, ¿el director sigue sintiéndose “como Dios” (otra frase suya)?
Cuando estás haciendo una película, si eres mandón de carácter, en ese sentido eres Dios. Un dios ridículo, pero lo eres. De pequeño creía que las películas las hacían los actores. Hasta que me enteré de que quien hacía la película normalmente no salía. Se ha perdido lo que decían los eléctricos: “No se preocupe, director. Si es difícil, está hecho; si es imposible, se hará”. Claro, si te dicen esas cosas, te sientes Dios. En la época de Buñuel, los técnicos y eléctricos mexicanos eran los mejores del mundo, según él. Lo que quería decir el maestro era: “Son los que más obedecen”.


Por Ronald Portocarrero


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