Amor a la italiana

El cine italiano renació de las cenizas del fascismo y de la segunda guerra mundial con la fuerza creativa del neorrealismo. De todos los actores de la primera generación de la post guerra, el más admirado y amado por la mujeres fue sin duda Marcello Mastroianni.

Por Diario La Primera | 12 set 2010 |    
Amor a la italiana

Entre 1938 y 1943 Marcello Mastronianni se aproxima al cine con papeles de figurante o extra. En 1938 tiene apenas 14 años y toda la ilusión del mundo. Pero necesita estudiar, prepararse. Al terminar la guerra y muerto Mussolini estudia en el Centro Universitario teatral y allí conoce a Luchino Visconti quien lo escoge para protagonizar su versión de “Un tranvía llamado deseo”, la obra de Tennessee Williams. En la escuela de teatro conocería a una actriz desgarbada, pequeñita pero con un talento enorme, Giulietta Masina la que andando el tiempo se convertiría en la esposa de Federico Fellinni. También en la escuela conocería a su esposa de toda la vida, Flora Carabella, en 1950. El tenía apenas 19 años y de ese amor, Marcello diría: “Yo no se qué significa exactamente el amor, tal vez una condición extremadamente excitante en la que uno se siente mas vivo, más dinámico. Algo así como una hermosa enfermedad”. De ese amor nacería su primera hija, Bárbara.

A lo largo de una carrera brillante y de innumerables películas, Mastroianni fue el actor más solicitado, no sólo para hacer papeles de galán, considerando su belleza física. Su versatilidad es muy amplia que abarca los dramas intensos como “La dolce vita” de Federico Fellinni, o comedias divertidas como “Divorcio a la italiana” de Pietro Germi.

Sobre su trabajo actoral diría en alguna oportunidad: “Los actores somos bufones, camaleones y prostitutos que siempre estamos dispuestos a hacer lo que nos digan”

Respecto a los amores, como buen italiano disfrutaba mucho seduciendo a las actrices con las que trabajaba. Tuvo romances con dos actrices francesas como Anouk Aimée y Jeanne Moreau. Iconoclasta y lengua larga declaró sobre ellas: “Adoro a las francesas porque son maliciosas, intrigantes y pérfidas”.

Pero el público italiano lo adoraba. Fellinni explicaba por qué: “Marcello es el italiano simpático en el que proyectamos lo mejor que hay de nosotros y al que se lo perdonamos todo, porque sus defectos son los nuestros”.

Compartió roles protagónicos con otra italiana adorable, Sofía Loren. “Si no hubiera conocido a mi esposa antes me le hubiera declarado con todas las normas en rigor y hubiera pedido su mano... Sofía es un canto a la belleza, a la italiana, sinceramente como a mi me gusta...”, diría Marcello. Pero la italiana estaba casada con Carlo Ponti de la misma forma que él lo estaba con Flora.

También conoció a otra francesa, bella, inteligente, que Marcello pensó que era el amor perfecto. “La mujer ideal es divertida. Te hace sentir feliz y contento. Cuando conocí a Catherine Deneuve, estaba convencido de que ella era ese ideal. Pero cuando la conocí mejor me di cuenta de que no tenía nada que ver. Ella era sólo la madre de mi hija”.

El divo italiano y la diva francesa procrearon a Chiara, quien heredó la belleza de su madre y tal vez el carácter de su padre.

Pero el sexo en pantalla no le gustaba para nada: “Nada detesto más que hacer una escena de sexo. El sólo hecho de estar desnudo con una mujer en una cama, rodeado de focos, técnicos que te miran con placer oculto y en medio del calor, es terrible. Después vienen las indicaciones del director: ‘ tuerce la cara’, ‘Habla ’... En fin, todas posiciones tan absurdas que cuando llega el momento de decir ‘te amo’, uno está bizco”.

Desde 1977 vivía con una joven directora Anna María Tató, en París. El 19 de diciembre de 1996, en el departamento de Anna María Tató y Marcello ubicado en el 5° piso del numero 91 de la Rue de Seine, se reunieron Catherine Deneuve, la hija de ambos, Chiara y un amigo común a todos - el actor Michel Piccoli - , quienes permanecieron junto al lecho agonizante de Marcello, hasta que expiró de madrugada. Su hija mayor, Bárbara, al enterarse de la noticia viajó inmediatamente a París. Tenía 77 años y un cáncer al páncreas irreversible. Casi 10 años antes había declarado sobre la muerte: “Ahora tengo 68 años y si todo va bien dentro de diez más estaré muerto. Se que estoy obligado a morir, pero no me gusta ni medio. Creo que Dios no es bueno. Me gustaría poder morir cuando tenga ganas”.

Ronald Portocarrero
Redacción

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