Uy, pueden molestarse

Preguntón, hombre de confianza y amigo del presidente García, no se calla y lanza su pregunta con un poco de ira.

| 07 marzo 2009 12:03 AM | Cajón desastre | 592 Lecturas
Uy, pueden molestarse
Beso su mano que ha hecho cosas tan lindas para mi país.
Diálogo imaginario en Palacio de Gobierno. Nada tiene que ver con la verdad, tampoco con la mentira.
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—¿Señor presidente, por qué usted no habla fuerte y claro sobre la injerencia chilena?

—Silencio.

—Señor presidente, no hay nadie. Nadie nos está oyendo. ¿Por qué usted no habla fuerte y claro como Michelle Bachelet? La Moneda ha respaldado de manera contundente al lenguaraz Foxley.

—Qué le pasa a usted, preguntón, no lo llame lenguaraz al excelentísimo canciller de la República de Chile, no busque conflicto por hacer politiquería.

—Yo no fui, señor presidente, fue Meche.

—Ay, Meche, ay Meche. Me pone en aprietos, me pone en aprietos, esta Meche.

—Tranquilo, presi, tranquilo. Le traigo un vaso de agua.

El presidente García toma el vaso de agua seco y volteado. Suda frío. Camina lento por la sala y se sienta en un inmenso mueble muelle. El preguntón se le acerca y le dice despacio: “Disculpe, señor presidente, yo sólo quería darle mi apreciación sobre sus declaraciones, como siempre lo hago,…” Ya, ya, ¿de qué me estabas hablando?

—Le decía que ¿por qué no habló fuerte y claro sobre la injerencia chilena?

—Claro que hablé fuerte y claro, preguntón. Dije que no hay que caer en el juego de nuestros amigos chilenos y que ser patriota no es hablar mal de los chilenos sino pagar los impuestos.

—Pero Bachelet respaldó a Foxley y usted no defiende a los peruanos, por qué sucede eso.

García se levanta del mueble y abraza al preguntón. “A usted yo no le puedo mentir, aunque, a veces, lo haga. Esta vez quiero decirle la verdad, amigo preguntón. Yo por Chile siento, no sé por qué, un cariño especial. Por Foxley, yo siento admiración, su lenguaje es claro. Es más, a mí me hubiera gustado decir lo que dijo, ¿me entiendes? Yo no puedo rechazar lo que dijo el canciller chileno…

—Ya pues, presi, no me meta letra. Yo lo conozco.

—¿Qué te pasa?

—Pasa lo que siempre pasa, presi. Usted, con todo respeto se lo digo, me está palabreando.

—No, bro.

—Ya ve.

—Que no.

—Sí, lo que tiene usted es miedo, tiembla, porque los chilenos lo tienen agarrado de los… (censura).

—¡Qué dices, perro del hortelano, qué dices!

—Tranquilo, presi, tranquilo.

—…

—…

El preguntón se acerca a la ventana más cercana de la sala. En la Plaza de Armas el sol golpea a un heladero, quien hace sonar su corneta, pero nadie se acerca a él. El heladero se retira de la Plaza después del silbato de un sereno.

El presidente se acerca. “Qué miras, preguntón”. “Nada, nada”. En la Plaza de Armas la gente desaparece y aparece, aparece y desaparece. Camina apurada para esconderse del sol.

—Me hubiera gustado que usted dijese, por ejemplo, “usted, chileno de… (censura), no tiene por qué intervenir en un discusión interna de mi querido país”.

—Eres muy duro, preguntón.

—Pero usted insulta bonito, dice rata, perro, buitre…

—Ay, preguntón, ay preguntón.

—Ahora qué pasa.

—…

—…

—¿Por qué le tiene tanto miedo a los chilenos?

—Uhm.

—¿O acaso hay gato encerrado?

—¿Qué quieres decir?

—Es que usted es muy, muy, Javier Velásquez ante los chilenos. Debería ser aunque sea como Cabanillas, que le dijo “lenguaraz” a Foxley.

—Ya le dije. Me gustan los chilenos, tienen un pensamiento elevado, miran al futuro, hablan de inversión, de bienestar, de prosperidad. Si yo criticara a Foxley, me estaría criticando a mí mismo. Los chilenos son mi espejo.

—Ya pues, en las elecciones no pensaba asÑ

—Preguntón, usted es muy emocional.

—Tampoco me diga emo, ah.

—No entiende ciertas cosas.

—Cómo cuál, a ver.

—Por ejemplo, en nuestro país para ganar las elecciones hay que proclamar que uno es izquierdista, socialdemócrata; y ya en el gobierno, derechista; mientras más derechista, mejor.

—Grande, presi. Ah, por eso usted, midiendo el 2011, habla de izquierda madura, ah.

—Maduras rápido, preguntón.

—Gracias, presi.

—De nada.

—Ahora, anda, déjame sólo.

—No me bote, pues.

—No lo hago. Es ya la hora del almuerzo y, como sabes, cuando yo como no conozco a nadie.

—Pero pague sus impuestos, pues.

—¿Qué dices?

—Nada, nada, hasta luego, presi.

Paco Moreno

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