La vida es un viaje

Las despedidas para un largo viaje sueles ser largas. En estos días, el cronista Juan Manuel Robles remata sus despedidas y en la medida que la madrugada del domingo se acerca, vienen a él una sensación de tristeza y unas extrañas ganas de quedarse. Pero debe partir. No hay marcha atrás.

| 22 agosto 2009 12:08 AM | Cajón desastre |1.4k Lecturas
La vida es un viaje
Le espera a él una beca de escritura creativa en la New York University.
El cronista Juan Manuel Robles da un salto enorme hasta Nueva York en busca de los secretos de la escritura de ficción.

Más datos

DETALLE

Es autor del libro de perfiles Lima Freak (Planeta, 2008) y Zaraí, la hija Patria (Sarita Cartonera, 2009). Varios cuentos suyos han sido publicados en revistas literarias. Ganó en 2007 el concurso de cuento gastronómico organizado por la editorial Matalamanga, editorial que publicó el libro Huancaína Freak en el que aparecen dos cuentos suyos que ocuparon el primer y segundo lugar del concurso.
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Ocurre que después de una larga espera, le espera a él una beca de escritura creativa en la New York University, en la ciudad más cosmopolita del mundo: Nueva York, aquella metrópoli donde el extranjero de cualquier parte del mundo se siente como en casa.

Quienes conocen bien a Juan Manuel dicen, sin embargo, que no se sentirá tan bien en la ciudad de los rascacielos. Sostienen que tendrá ganas de volver para comer una noche de domingo en casa de sus padres; tendrá ganas de jugar con su hermano, el futuro arquitecto; le entrarán ganas de caminar por las calles de Barranco o sentarse en una de esas mesitas redondas de madera de la bodega-bar Juanito para acompañar su pan francés con jamón del país con un vaso de cerveza helada.

“Es rara la sensación que uno siente en esta despedida, que es una forma muy particular de partir. No es lo mismo que despedirte cuando te vas de vacaciones o a un congreso. Es distinto y las sensaciones que uno tiene son raras de explicar. Bueno, hay que seguir, además, está la posibilidad de que uno pueda convertirse en un emigrante definitivo”, dice y desordena sus cabellos con la mano izquierda.

Hay ruido, bulla, música, olor a cigarro, voces, más voces, un televisor encendido, alguien que pide la cuenta, un niño que vende chocotejas. Cuando el bar Juanito está tranquilo es porque todo ha terminado, pero esto recién comienza.

-- ¿Cuál es la meta?

-- Es seguir viviendo, seguir el proyecto de mejorar en la escritura, seguir el camino lento de la construcción de un lenguaje propio.

-- Significa dejar por un tiempo el periodismo por la literatura

-- Creo que sí, pero la realidad es tan poderosa que siempre llama y uno nunca deja de ser periodista; yo soy un cronista y supongo que allá me pasará lo que me pasa aquí, que de vez en cuando haga periodismo, como lo hice con el texto sobre Magaly Solier, un personaje realmente inspirador.

-- ¿A quién quieres llevarte a Nueva York?

-- A nadie.

-- ¿Qué quieres traer de Nueva York?

-- Mi novela terminada, aquella que casi pierdo en una laptop hace un tiempo.

-- ¿Cómo se llama?

-- Tiene nombre ya pero no quiero mencionarlo todavía.

Sonrisas, risas, carajadas que cruzan con flechas sobre las mesas. “Juanito” es raro, es un bar a donde va la gente a ser feliz, tan distinto a los bares “cebolleros” del que tanto habla el poeta-maldito Eloy Jáuregui.

Nieto de un periodista y escritor indigenista e hijo de un periodista de izquierda, Juan Manuel Robles pertenece a esa pléyade de cronistas que, estimulados por el chino-bravo Julio Villanueva Chang, se han fugado de los diarios para fundar revistas y escribir crónicas. Es uno de los más talentosos de ese grupo y viaja a Nueva York con la ilusión tan peruana de encontrar nuevos aires en el país del Tío Sam.

Tiene gustos diversos en literatura y periodismo. Lee con deleite a Mario Vargas Llosa, respeta a Beto Ortiz, Luis Johamowitz y Julio Villanueva Chang, le interesa Oswaldo Reynoso y muere por la Casa de Cartón de Martín Adán. Citadino, urbano, amante de la vida, apolítico solidario, rebelde ante lo malo, es, sobre todo, cultivador de amistades.

Llega a la mesa una de sus amigas con una tremenda sonrisa. Lucía Cuba (Lucco) y parece que pedirá un cuba libre. No sé, es casi ya el día siguiente, y esta conversación debe terminar. “Debo partir”, digo. “Por qué, quédate”, dicen. “Es que me esperan en casa”. (…)

Paco Moreno
pmoreno@diariolaprimeraperu.com

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