Inocencia en las calles

Hay una curiosa coincidencia entre el acercamiento de la Navidad y el aumento de niños en las calles. Es como si festejar la Navidad, para estos niños, significara esperar el semáforo en rojo y acercarse a los parabrisas con las manos extendidas. Ahí están y allá, en la otra calle, hay más. Niños de todos los colores y de todos los tamaños. Niños hombres del mañana. Niños de hoy y estas calles. Se supone que no hay niños tristes, pero estos chicos muestran tristeza en busca de algo. Buscan, quizá sin saberlo, la piedad momentánea e hipócrita de los caritativos de a sol.

| 14 noviembre 2009 12:11 AM | Cajón desastre | 881 Lecturas
Inocencia en las calles
La calle nunca será el mejor lugar para los niños.
Se acerca la Navidad. También se acerca a tu ventana un niño cuando el semáforo está en rojo.

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“Yo quisiera ser futbolista, pero mi papá dice que más adelante. Él dice que la plata no le alcanza, y por eso yo debo ayudarlo. A veces subo a los carros, pero aquí en los semáforos de la avenida Javier Prado me va bien, si el serenazgo no me ve. (Este niño cumplirá 10 años el 22 de diciembre)”.
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En las calles de Miraflores el alcalde ha colocado letreros gigantes que exhortan a no dar limosnas, porque, dice, no solucionan el problema. En esta esquina, un sacerdote lee la orden y se persigna y avanza apurado hacia su iglesia. Cerca del letrero, un niño hace malabares con cinco pelotas de tenis. Los segundos avanzan, este carro aún no. El niño hace un mal movimiento y las pelotas se pierdan debajo de los automóviles. Es una dura esquina para este pequeño malabarista.

Estos niños hacen pensar en tantas cosas. Los tristes casos de infantes desamparados por causa de las guerras; la pequeña violada por el malnacido de su padre; niños suicidas por problemas de los mayores; niños, huérfanos de infancia y de vida; niños confundidos que portan armas blancas; niños con metralleta al frente de la batalla de quién sabe qué; niños sin futuro con un presente atroz; niños en las barras bravas.

Este carro avanza a 40 por hora como para mirar bien. Cerca al jirón Dante de Surquillo, un grupo ha tomado la calle momentáneamente para entrenar antes de saltar a la pista. El entrenamiento consiste en perfeccionar volteretas y piruetas alucinadas. Una madre-niña mira el ensayo, con un pequeño en la espalda. El pequeño se ríe con el esfuerzo de los acróbatas callejeros. Sale el sol y el nene se ríe aún más porque le arde la espalda al más chico de los voladores.

Por la Vía Expresa los carros resbalan como jabones y cerca de la avenida Petit Thouars, desde un enorme carro, un hombre calvo y gordo le grita a un niño que le intenta vender caramelos empinándose hasta su ventana. “Sal de ahí, petiso”, le dice. El niño le saca la lengua. El gordo ríe.

Los niños en las calles cerca de la Navidad crecen en número, en torno a los semáforos. Aunque no los vea, están ahí mirando su indiferencia. Los pequeños y pequeñas, con bolsas de terokal, que antes eran una amenaza en el centro de Lima, por ejemplo, están ahora en los conos.

Los niños de la calle aumentan y se nota más por estas fechas. Ese, tan erudito y tan conocedor del tema, que habla tanto sobre “Bolón” y sus “causitas” debería fijarse en los ojos de estos niños. Son los niños, páginas en blanco, donde se escriben nuestra herencia. Son los niños el espejo de nosotros. Son los niños voces que repetirán las voces que hoy escuchan de tu boca.

Paco Moreno
pmoreno@diariolaprimeraperu.com


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