Estuvo en algodón

 

Por Diario La Primera | 31 jul 2010 |    
Estuvo en algodón
Juanito llegó a vender un poco más de lo que esperaba el día de la gran Parada Militar pero eso no le alegró mucho.

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—¿Y a ti cómo te fue con tus algodones, hijo?

—Ahí, mamí, el negocio estuvo en algodón.

Juanito se ha levantado esta mañana con la ilusión de vender un poco más de algodones dulces. Ayer no tuvo tanta suerte en la puerta de la feria de juegos mecánicos, pero hoy confía en que la cosa irá mejor en la Parada Militar de la avenida Brasil. Se pone un abrigador buzo azul y zapatillas “futboleras” también azules, porque después de la faena volverá por la tarde a jugar al fulbito con los amigos del barrio. Son las cinco de la mañana. Está listo para salir. Va a la cocina por el desayuno y la soledad fastidia un poco su ilusión. En la cocina está el desayuno; pero no están ya ni su mamá Emilia ni su hermano mayor Pepe. Ellos salieron mucho antes que él para alquilar sitios a fin de ver cómodamente el desfile. No le pasaron la voz a Juancito para que pueda completar, digamos, sus horas de sueño.

Viaje
Juanito cabecea en la combi que lo lleva desde Collique (Comas) hasta la avenida Brasil. Sueña que está tomando desayuno con su familia en una mesa gigante; sueña con una tarde de paseo familiar por algún parque, comiendo algodones dulces; sueña que está haciendo goles en una cancha de fútbol con césped en su barrio. De pronto se despierta porque la combi pasa un bache sin cuidado y se da cuenta que la ruta de la combi había cambiado.

—¿Y la Plaza Bolognesi? —pregunta al combrador adusto.

—Ya pasamos hace rato, oe, chibolo, por qué te duermes, pe.

Tuvo que caminar sólo unas cuadras para llegar a la casa de don Andrés, quien vive cerca de la cuadra 15 de la avenida Brasil, por el lado de Breña, y prepara y vende en su casa los algodones dulces que los niños, mujeres y ancianos que, a su vez, revenden el producto, ganando algunos centavos. No fue necesario tocar la puerta de don Andrés porque había ya una cola para comprar los algodones.

Juanito busca su palo inmenso y con huecos donde inserta sus algodones y piensa en la cola: “Sacaré más que ayer y lo venderé a un poco más”.

A la palestra
Camina por la avenida Brasil, que está totalmente cercada por policías y soldados muy jóvenes. Sigue caminando y escucha que el presidente García estará en el estrado de la cuadra 19. Apura el paso y alguien le grita: “Niño, un algodón, ¡rápido!”. Sigue caminando y otro grito: “¡Ey, chibolo, un algodón!”.

Sigue caminando y siente que antes de acercarse al estrado de la cuadra 19 se le acabarán los algodones. Se detiene. Vende un algodón y otro más, y piensa, dejando de la lado la ilusión de vender más que ayer: “Me gustaría ver al presidente García y su hijito Federico, pero cómo hago”. Apura el paso otra vez y alguien le dice: “¡Ey, no oyes, quiero un algodón!”. Casi ha vendido la mitad. Suspira, como si no le alegrara el haber vendido tan rápido sus algodones y se pone triste al ver que un hombre alto va apresurado hacia el paradero 19 con su hija en hombros y su hijo caminando de prisa y comiendo un algodón dulce.

Más algodones
Juanito suspira y vuelve a la casa de don Andrés, donde la cola ha crecido. Compra más algodones y sale a la avenida Brasil que es ya un loquerío. A lo lejos se escucha una banda de guerra y algunos cañonazos; hay helicópteros de la Policía dando vueltas y aviones de guerra que pasan de cuando en cuando haciendo tanto ruido que muchos miran arriba. Hay vendedores ambulantes por todos lados y compradores también.

El tiempo pasa y los algodones de Juanito vuelan. Ha regresado a la casa de don Andrés cuatro veces. Pero eso no le importa ya. Le interesa ahora ver al presidente García y su hijito Federico. Avanza con su palo de algodones hacia la cuadra 19 sin atender incluso algunos clientes; pero es imposible. Hay mucha gente, tanta que no se pude caminar.

Se resigna y se sube al muro de un jardín con la venia del dueño de la casa. Desde ahí puede ver algo y se emocionada al ver marchar a los soldados con tanta fuerza. Se emociona más al ver a las policías y llora un poco al recordar que su madre Emilia le contó que algún día quiso se policía.

—“Ey chibolo, baja de ahí, y dame un algodón” —le dice alguien que no ha tenido suerte para ver con comodidad el desfile.

Juanito baja y le vende el algodón, y le agradece al dueño de la casa. “Sube cuando quieras”, le dicen. Juanito luego busca un teléfono público y llama al celular de su mamá. Suena y suena el celular y dice: “Si desea, puede dejar su mensaje”. Otra vez suena y suena el celular y dice: “Si desea, puede dejar su mensaje”.

Juanito vuelve a subirse al muro y ve desde ahí unos misiles inmensos de la Fuerza Aérea, como cohetes para viajar a la luna; ve carros blindados que le parecen enormes, color arena con cañones; ve tropas totalmente de negro y hasta las caras negras y se asusta un poco; pero luego se ríe al ver a una policía de rescate acuático que se ha subido con su bote y todo sobre un camión preparado exclusivamente para el desfile; pero Juanito quiere ver al presidente García y a su hijito Federico Dantón, a quienes periodistas ayayeros l quieren llamar “sucesor” de su voluminoso padre.

Las horas vuelan, los algodones de Juanito también. De pronto empieza a preocupare. Ha pasado la una de la tarde y ni su mamá Emilia ni su hermano mayor Pepe llegan al cruce de las avenidas Brasil con Bolívar donde quedaron en encontrarse a esa hora de la tarde de todas maneras, sin importar que el desfile haya acabado o no.

Crece la procuración de Juanito y, sin ofrecer nada vende todos sus algodones dulces y una muchedumbre de pronto hace correr la voz de que Alan con su hijo se acercan caminando por la avenida Brasil. Juanito se emociona y se acerca con la ilusión de verlos, pero es imposible. Hay tanta gente que no puede ver nada. Después se enteraría que García y su hijo no caminaron juntos en ningún momento.

Vuelve al cruce de la Brasil con Bolívar. “Ey, dónde estabas”, le dice su madre. “Acabando los algodones, mami”. “¿Y llegaste a ver al gordo?”. “No”.

“Nosotros si lo vimos de cerquita. Es más gordo en la vida real”, dice su hermano Pepe. “Que piña soy, y ¿cómo les fue alquilando espacios? Yo quería uno. Por eso llamaba al celular de mamá”, dice Juanito. “Nos fue bien, pero la gente se pelea mucho, le han hecho llorar a varias señoritas que alquilaban sitios”, contesta Pepe.

—¿Y a ti cómo te fue con tus algodones, hijo?

—Ahí, mamí, el negocio estuvo en algodón.


Paco Moreno
pmoreno@diariolaprimeraperu.com

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