La noche de los inocentes
Tribunal dictaminó que los estudiantes y el profesor de La Cantuta asesinados no eran terroristas; pero los Fujimoristas ensucian la memoria de las víctimas. Aquí la verdadera historia.

Nadie llegó a probar que los estudiantes de La Cantuta pertenecían a las filas de Sendero Luminoso.
Los detalles de la masacre de La Cantuta constituyen una demostración contundente de que el tribunal que condenó a Fujimori tiene plena razón cuando dictamina que los nueve estudiantes y un profesor no eran terroristas.
Tras el atentado de la calle Tarata, los agentes del Fujimorismo recibieron la orden de dar con los autores. Era un llamado de urgencia pues el régimen veía peligrar los resultados del golpe de Estado de 1992, que acababa de celebrar cien días en medio de las bombas regadas por Sendero en toda la ciudad.
La orden de urgencia se trasmitió a lo largo de la red de agentes sembrados por el SIN en distintos lugares en los que se presumía actuaban los grupos senderistas, así que la orden llegó también a la Universidad Enrique Guzmán y Valle, más conocida como La Cantuta.
Los informes de inteligencia salidos previamente del centro de estudios responsabilizaban a un grupo de estudiantes de los atentados que se cometían en la Carretera Central. En la base de control de la universidad estaba el “teniente Medina”, quien un día antes se había enfrentado verbalmente con un grupo de estudiantes y profesores, a los que calificaba de subversivos.
Ellos, tras una asamblea universitaria, habían reclamado el fin de la presencia militar. Entre los manifestantes estaban Armando Amaro, Enrique Ortiz, Juan Mariños, Robert Teodoro, Pablo Meza, Marcelino Rosales, Felipe Flores Chipana, Bertila Lozano y Dora Oyague.
“Medina” sostuvo una agria disputa con ellos y con el profesor Hugo Muñoz, debido a que se negaron a dispersarse y el incidente terminó cuando las tropas al mando del oficial los obligaron a retirarse. Tuvieron que apelar a la fuerza para doblegarlos.
Tras la trifulca, el teniente permaneció atento, vigilando los pasos de los supuestos subversivos. Cuando le llegó la versión de que ellos habían ingresado en la camioneta del profesor con la tolva manchada en sangre, no le quedaron dudas de que estaba sobre la pista que estaba buscando. Se llegó a decir que algunos heridos de Tarata habían ingresado a la universidad tras el atentado.
Hizo un informe de inmediato a su jefe, el general EP Luis Pérez Documet, jefe de la Dirección de Fuerzas Especiales (Dife), quien retransmitió la versión que llegó rápidamente a los altos mandos.
Para los jerarcas del gobierno fue Música para los oídos escuchar que estaban a punto de dar con los responsables del mayor atentado ocurrido en la capital. Las noticias desalentadoras para la estabilidad del régimen los tenían harto preocupados.
Horas más tarde, el convencimiento del teniente se acrecentó con las ruidosas carcajadas de los alumnos que celebraban los cumpleaños de los internos, la tarde del 17 de julio. Dio orden de dispersar la reunión, pero los cantuteños no hicieron caso. Una de las más airadas fue Bertila Lozano, quien se enfrascó en una agria disputa con el oficial.
“Medina” le aseguró a sus jefes que fue amenazado de muerte por la estudiante, integrante de la selección de fulbito de la universidad. Les dijo también que casi se agarra a golpes con el profesor Muñoz y que los estudiantes celebraban el atentado de la calle Tarata, pues entre ellos estaban los ejecutores del acto criminal.
La versión fue transmitida al SIN y, por supuesto, a Fujimori. Sin mayores preámbulos se dio la orden para realizar el operativo. El general Hermoza anunció que esa noche se hacía la captura y envió al mayor Enrique Martin Rivas a solicitar el apoyo del teniente Aquilino Portella, quien se encontraba haciendo tareas de vigilancia en el cuartel “La Pólvora”.
Un profesor de la universidad, que era informante de los militares, fue prevenido de permanecer alerta, en caso que Portella no pudiera participar en el operativo. Todas las medidas fueron dictadas para que nada fallara en la operación.
Al llegar, Portella y el profesor se encargaron de seleccionar a los que serían secuestrados. Los soldados sacaron a los alumnos semidesnudos de los dormitorios, con la intención de ver si alguno tenía heridas, pero no tenían llagas ni cortes. Al final, la estudiante Norma Espinoza fue arrojada en la puerta de la universidad porque no aparecía en ninguna lista.
Minutos más tarde, los estudiantes y el profesor eran ejecutados en “La boca del diablo”, el lúgubre lugar escogido por los agentes del Grupo Colina para la bárbara ejecución.
17 años después, el tribunal que juzgó a Fujimori declaró que Muñoz y los estudiantes no estaban vinculados a la subversión, tal como muchos voceros del Fujimorismo sostenían para tratar de justificar la salvaje matanza. Lo cierto es que en estos 17 años nadie pudo probar que los secuestrados participaron en el atentado de la calle Tarata, razón por la que fueron ejecutados la madrugada del 18 de julio de 1992.
Efraín Rúa*
Redacción
*Efraín Rúa investigó la masacre de La Cantuta y escribió “El crimen de La Cantuta”, libro que es referente obligado sobre el tema.
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Tags: profesor, estudiantes, universidad, orden, tarata, atentado, llego, teniente, estaban, cantuta,
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