Los asesinos del porvenir
El famoso apotegma acuñado por el filósofo francés René Descartes, Je pensé, donc, je suis (Cogito ergo sum) o “Pienso, luego existo”, representa una prueba irrefutable de la existencia del ser humano por el ejercicio del pensar.

(1) La soledad de las bibliotecas tradicionales ante el crecimiento de la Internet. (2) Nuevas tecnologías usadas inadecuadamente.
Esta prueba cognoscible de la objetividad existente del ser llevó a la humanidad racionalista, como reacción al absolutismo monárquico y al oscurantismo inquisitorial de la Iglesia Católica durante la Edad Media, posteriormente, a proteger el ejercicio del cogito en actos legislativos nacionales e internacionales, ya no como prueba, incuestionable para entonces, de nuestra propia existencia (plano filosófico), sino como libertad de expresión y de opinión.
En nuestros días, la observancia de ese principio ecuménico constituye para la comunidad internacional un valor de civilización; ergo, una afirmación de progreso y un alegato contra la barbarie de la dictadura o el autoritarismo que, con astucia, busca siempre los medios, públicos o silentes, de cercenar esa libertad.
Con la aparición de la Internet esa libertad de expresión se vio repentinamente amplificada, abriéndose en toda su dimensión al mundo.
En los países avanzados, por ejemplo, es tal la influencia de la Internet, o el ejercicio libre del cogito, que el ciberespacio se ha convertido, muy especialmente en Europa, en un poderoso intermediario entre la sociedad y el poder; y, es más, con mejores credenciales de credibilidad que los partidos políticos.
Mientras esa valoración del cogito se afirma en el mundo civilizado, dinamizando la Política (con “P” mayúscula) y preñándola diariamente de ideas, producto de un libre intercambio de conocimiento, en el Perú – como en China, Rusia, Marruecos, Azerbaiyán, Yemen, Jordania, Kazajistán, Afganistán, Irak, Birmania, Corea del Norte, Cuba y Turkmenistán, entre otros tristes ejemplos- ocurre exactamente lo contrario.
Todos estos países tienen tres elementos en común: regímenes autoritarios dirigidos por anacrónicas clases políticas, que tienen total o sutil dominio sobre los medios de expresión; represión, que llega, inclusive, a la privación de La Libertad; y, finalmente, desnaturalización de las herramientas modernas de comunicación que nos ofrece la avanzada tecnología de nuestro tiempo.
En lo que se refiere al Perú, sometido a una avejentada clase política- oficialista u opositora- y envilecido por medios de comunicación paralizantes y embrutecedores, las herramientas que han servido para que otros países pasen del crecimiento al desarrollo sostenido, y de la barbarie a la civilización, son fácilmente deformadas, prostituidas o castradas con el objeto de redefinirlas para mantener el establishment, ladinamente recreado y tejido por todas las tiendas políticas del país con la activa complicidad de la prensa escrita y hablada.
Ello ocurrió, para dar un ejemplo –permítaseme la digresión antes de volver al tema de este artículo-, con los fondos privados de pensiones, que en países con una moderna, inteligente y diversificada clase política provista de específicos planes de desarrollo, hicieron de ese instrumento una herramienta que produjo un mercado de capitales, ahí donde nunca existió, y la restructuración de sus economías, ahora con características nacionales, sin renunciar a la exportación.
En el Perú los fondos privados de pensiones, torcidos sin ninguna resistencia crítica o enterada por el soplete zopenco de nuestra clase política, solo han servido para atropellar los derechos de los pensionistas y colocar el capital de esos fondos o en el mercado especulativo bursátil, o allende nuestras fronteras.
El símil de esa horrible deformación de instrumentos de progreso técnico, lo encontramos en el país en el área de la moderna comunicación con el mal uso (o abuso) del Internet aplicado al debate político. Ese intercambio ciberespacial, supuestamente de ideas y conocimiento y que enlazaría al país, rompiendo las barreras de la distancia, con sujetos asimilados a enriquecedoras experiencias mundiales en materia política, económica o tecnológica, tiene como escenario esencialmente los denominados Grupos Yahoo, donde lamentablemente se anida la clase política del país, oficialista u opositora, no precisamente para promover el ejercicio del cogito con total amplitud, como lo hacen sociedades civilizadas y cultas, sino para ejercer una permanente acción de gendarmería contra todo aquel que ose criticar el perverso statu quo que esa clase política, sin excepción, oficialista u opositora, representa.
Llama la atención, particularmente, la feroz uniformidad que caracteriza a esos “medios de expresión”. Universalizadas por una misma lacra, la intolerancia y el sectarismo (con mínimas excepciones, pero todas estas listas con cierto grado de controles antidemocráticos), sus administradores, como los sanguinarios jerarcas del Kremlin, proceden, sin miramientos y en silencio, así como actúa soterrada y cobarde el hampa, a eliminar a todo personaje que disiente con los puntos de vista políticos de la feudal administración que gobierna el Grupo.
Es decir, una herramienta que ofrece la tecnología de hoy y que debería ser participativa y sumamente beneficiosa para sus operadores, conectados a otras regiones del país y al progreso cultural de sujetos de otras naciones más desarrolladas, deviene, en manos ignorantes y brutales, odiosamente exclusiva y degradada a su mínima expresión. Añadiendo, con ello, más exclusión social y política en el país, que resulta tan monstruosa que tiene la diabólica efectividad de impedir el surgimiento de nuevos actores sociales a lo largo y ancho del territorio nacional, o condenar a los ya existentes a esa nueva forma de alienación que constituye la resignación, forzada y coaccionada, al conocimiento y el alejamiento impositivo a los recientes avances del mundo contemporáneo y de vanguardia, tanto en el terreno de las ciencias como de las humanidades.
Por ello no es de extrañar que en aquellos “medios de expresión” en Internet, que podían alzarse como una alternativa a los tradicionales, no solamente excluyen actores sociales emergentes y los retrae de la comunidad global en términos de conocimiento y posteridad, sino que, como consecuencia de ello, retardan ferozmente un tema pendiente y urgente en el país: El análisis franco, independiente y emancipado del presente del Perú y su futuro (este último el menos frecuente).
Por ello he insistido en mis artículos en dos cosas puntuales: LA PRIMERA de ellas es que NO habrá ningún cambio sustancial en el Perú –ni en lo económico (diversificación y restructuración de su economía), ni en lo político (con nuevos rostros e ideas), ni en lo social (con nuevas fuerzas sociales organizadas) y mucho menos en sus medios de comunicación y la aplicación de sus nuevas tecnologías- mientras no se reestructure el poder político del país, hoy en manos de una clase política anacrónica, incapaz y ladina, aparentemente dividida, pero que constituye un abusivo estrato social, exclusivo y acaparador del poder en el Perú. Esa clase política debe ser jubilada, para dar paso a una renovación que recree en el país la moderna institucionalidad, abierta, plural, tolerante e incluyente que necesitamos como nación.
Y la segunda, en la perentoria diversificación de los medios de comunicación del país, para poner en manos de la sociedad civil organizada tribunas de expresión critica y libres de todo asomo de control al acceso y la difusión de la información y el conocimiento. Cada grupo social organizado funcionalmente en sindicatos, universidades, colegios profesionales, organizaciones no gubernamentales, etc., debe contar con un medio de expresión escrito, oral o visual. Y si el estado no provee los incentivos necesarios, financieros o tributarios, para que ello se materialice, esas organizaciones tienen, en la constitución política, los medios procesales para exigir eficazmente ese derecho.
Porque este tema es también, qué duda cabe, una nueva versión de la vieja y constante lucha entre lo tradicional (o arcaico) y la severa pero pasajera resistencia que ésta históricamente ofrece a la marcha firme e inevitable de lo moderno, que representa el porvenir.
El ejercicio del cogito en el país es el menos común porque se halla “afantasmado” por barbaros Atilas enfundados en aristócratas disfraces de políticos al servicio de lo tradicional y de acríticos gendarmes del pasado; ambos asesinos del porvenir. Pero el ejercicio del cogito continuará siendo el más necesario de los atributos del ser humano para progresar colectivamente como civilización e, indefectiblemente, se abrirá su propio paso. Lo dice la historia y sus historiadores.
Por ello dijo bien el maestro Jorge Basadre que “la intelligenza no es, de por sí, una aristocracia con privilegios y sin deberes, sino apenas un instrumento potencial con ineludibles responsabilidades sociales”.
Marco Antonio
Flores Villanueva
Desde Boston, USA
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Tags: politica, pais, medios, expresion, clase, cogito, ello, ejercicio, peru, comunicacion,
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