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Hualla: tierra de viudas y huérfanas

Hualla: tierra de viudas y huérfanas

(1) Aniceta Allccaco no deja de lamentar la pérdida de su hijo. (2) Mujeres soportan a solas la incertidumbre de no saber el paradero sus esposos y padres desaparecidos. (3) Juana Crisante Quispe guarda como un tesoro la imagen de su esposo.

Entre 1983 y 1984, cuando se iniciaba el conflicto interno en nuestro país, los varones de la localidad ayacuchana de Hualla desaparecieron a manos de militares. Desde esos años sólo mujeres habitan ese pueblo. Ellas no han vuelto a casarse pues esperan que sus parejas aparezcan con vida. Ahora buscan sus restos para darles una justa sepultura.

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CONSTRUYENDO MEMORIA

El canto de las viudas

Las viudas de Hualla cantan unas populares coplas en memoria de sus familiares desaparecidos. Cada año, durante el aniversario de la provincia de Víctor Fajardo, ellas se juntan y cantan la siguiente canción.

Si habría mi padre, si habría mi esposo,
no estaría así caminando con penas,
no estaría así sentada con angustia,
así en este pueblo, en cuevas, en farderías para vivir sufriendo.

Si tendría a mi esposo, con él donde sea me marcharía.
si tendría a mi padre, con él donde sea me iría.
si tendría a mi madre, a ella acudiría a contar mis penas.
no estaría en esta casa desolada, para así llorando estar sentada.

Qué año, habrá sido este año
para que todo el tiempo pase llorando.
así cargando piedras en la chacra,
así labrando con picos en la chacra.

Hay, moscardoncito,
tú sabes dónde está mi padre,
mi madre, mi esposo.
capaz mi padre pueda que regrese,
capaz mi madre pueda que vuelva,
capaz mi esposo pueda que vuelva.

Por las calles de la localidad ayacuchana de Hualla caminan a diario centenares de mujeres. En las plazas, en las chacras, en el mercado, todas mujeres. Casi ningún hombre habita ese lugar. La población femenina es mayoritaria. Son las mujeres que hace 27 años perdieron a sus esposos, quienes entre mayo de 1983 y setiembre de 1984 fueron llevados por militares a la Base Contrasubversiva del distrito de Canaria y nunca salieron de allÑ

Canaria está ubicado a menos de una hora de Hualla. La base militar de esa ciudad, que estaba dirigida por el entonces mayor y actual general del Ejército en retiro Jorge Aquiles Carcovich Cortelezzi, funcionaba en el estadio municipal y ahora es una gran fosa común todavía cerrada. Carcovich es investigado, además, como presunto responsable de la ejecución extrajudicial de más de 40 campesinos y 25 niños, ocurrida en octubre de 1983 en la comunidad ayacucha de Umasi.

Todos los desaparecidos de Hualla son varones, la mayoría recién iniciaban una vida matrimonial. Tenían el sueño de construir sus casas y tener una familia. Después de sus detenciones, sus mujeres fueron detrás de los militares pidiendo información. Muchas veces, en ese suplicio por el que pasaban en busca del paradero de sus seres queridos, las mujeres eran violadas por malos militares.

-Violaban hasta que las señoras no podían pararse, dice Uldarica Palomino, una pobladora de Hualla, quien era niña cuando ocurrieron los hechos.

Las mujeres que fueron víctimas de violación sexual no sólo cargan el peso del trauma propio de ese vejamen, sino que también son mal vistas por sus propios vecinos. Además, las viudas no han vuelto a casarse, pues no pierden la esperanza de volver a encontrar vivos a sus esposos.

-No podría hacer eso, joven. Que tal si cuando vuelvo a casarme mi esposo regresa y me encuentra casada con otro, argumenta Josefina, cuyo esposo desapareció hace ya 27 años, en 1983, en la Base Militar de Canaria.

Sin duda, en Hualla fueron las mujeres quienes afrontaron el proceso de violencia interna por la que atravesó nuestro país y sufrieron tan complejo y traumático capítulo de nuestra historia reciente. Estas mujeres quedaron viudas muy jóvenes, con la responsabilidad de criar a sus hijos. No sólo pasaron a realizar labores de hombres en las chacras sino que empezaron a “ser como varones”. Soportan todo el peso del pasado que no quiere transcurrir y aguantan el dolor físico y emocional. A veces se sienten desvalidas, más aún si la viuda perdió no sólo a su esposo sino también a otros parientes.

La fotografía
El esposo de Juana Crisante Quispe también fue desaparecido por los militares. El único recuerdo que tiene de él es la fotografía de su libreta militar. Ella, por el tiempo transcurrido, perdió todas las esperanzas de recuperar a su esposo, pero ahora busca darle un entierro justo.

-¿Cuál era el nombre de tu esposo?

-Fortunato Méndez Huamán

-¿Qué le sucedió a él?

-Mientras estábamos durmiendo llegaron los militares, ingresaron a mi casa, lo levantaron y lo llevaron a la plaza. Él tenia puesto un poncho y su sombrero. Yo fui a la plaza y me dijeron que lo habían llevado a la base militar y que en un par de días iba a salir. Pero no salió.

-¿Conoces el lugar donde se encuentran sus restos

-No sé joven, seguro lo enterraron después de haberlo asesinado. Qué habrán hecho con su cuerpo. ¿Lo habrán enterrado? No sé nada.

-Entonces, no sabes si él está muerto o desaparecido...

-No sabemos si ha muerto o no. Me quedé sola, ya estoy anciana; todos mis hijos se fueron a Lima.

-¿Usted tiene la esperanza de ubicar los restos de su esposo?

-Me gustaría ubicar los restos de mi esposo. La gente me decía que en la base estaban sus prendas, seguro a la hora de enterrarlo le quitaron toda la ropa. ¿Cómo habrá sido? A nosotros no nos permitían ingresar a la base y, como los militares tenían muchos perros, nos soltaban a los perros.

-¿Quisieras recuperar los restos?

-Antes yo estaba resignada, pensando que los perros se lo habrían comido, pero ahora no, ahora me gustaría recuperar los restos de mi esposo. Yo tengo una fotografía de él en su libreta militar, siempre veo su fotografía y siento la falta que me hace, me pongo triste, éramos pareja desde muy jóvenes.

La memoria de los ausentes está presente. Para las viudas de Hualla, recordar tiene que ver con la posibilidad de recuperar los restos de sus seres queridos, para culminar su propio proceso de duelo y construir un futuro distinto y saludable. En ese sentido, recordar también les sirve para exigir los derechos arrebatados y demandar ser reparadas.

En sus sueños
Aniceta Allccaco no guarda ninguna fotografía de su hijo asesinado por los militares. Sólo guarda sus recuerdos fijos en la mente. Su hijo Segundino Flores Allccaco aparece en sus sueños y le pide que deje de llorar por él. Pero ella no puede hacerle caso. Sigue llorando aunque en sueños promete dejar de hacerlo.

-¿Qué es lo que le pasó?

-A mi hijo se lo llevaron los militares diciéndole que era terruco. De esa manera se llevaron a mi hijo, que no tenia ningún problema, nunca se metió en esas cosas; a mi hijo yo lo escondía donde podía. A los militares les habían informado que mi hijo pertenecía a Sendero Luminoso, es por eso que los militares vinieron y se llevaron a mi hijo a Canaria, con las manos y pies atados. Yo ya no pude hacer nada, no pude quitarles a mi hijo. Me amenazaron de muerte y se lo llevaron.

-¿Tú fuiste a la base militar de Canaria?

-Fue mi esposo. A pesar que no se encontraba bien, fue quien los siguió. Mi esposo fue a la base y ya no estaba mi hijo. Le dijeron: “Tu hijo ya no esta aquí, se lo llevó un helicóptero, yo te dije que trajeras su ropa”. Pero a mi hijo lo habían asesinado a esa misma hora. Cuando lo habían llevado a Canaria, ahí mismo lo habían matado, le habían cortado la lengua, le quemaron la boca.

-¿Quién vio cuando lo asesinaron?

-Hay una persona que tiene la edad que tendría mi hijo, él me dijo: “de esa manera lo han matado”, ya mucho tiempo después.

-¿Aún tienes esperanzas de que tu hijo esté en algún lugar?

-Ya no tengo esperanzas, porque si estuviera en cualquier lugar ya hubiera vuelto, joven; ya no vuelve, ni volverá.

-¿Usted quisiera encontrar aunque sea los huesos de su hijo?

-Claro, sus huesos estarán en Canaria, pues, joven. Dicen que después de haberlo asesinado lo habían arrojado a un barranco, pero no sé cuál será la verdad.

-¿No sabe dónde están sus restos?

-No sé nada, sólo que murió, que lo asesinaron. Sólo me queda llorar. Luego, cuando falleció mi esposo aumentó mi dolor, me encuentro sola en esta casa vacía.

-¿Usted nunca denunció el hecho?

-No, nunca. Soy analfabeta y es por eso que no hice nada, además no teníamos autoridades en esas fechas. Mucho después hicimos la denuncia.

-¿Siempre sueñas con tu hijo?

-Sí lo veo, joven, me dice: “mamá no llores por mí”. Así me habla. Ya no lo he vuelto a ver, sólo en mis sueños, lo veo con la misma ropa que tenía puesta.

-¿Ahora usted, en este pueblo, tiene la esperanza de encontrar los restos de su hijo?

-Cómo será. pues. Hemos presentado una demanda pero cómo va a aparecer, ya se habrá desaparecido, pues. Sólo me pongo a llorar. Quién va a hablar por mí, si estuviera mi esposo, si tuviera familia, entonces podría hacer algo más.

El dolor de la ausencia del ser querido es un pesar en sus vidas que nunca termina. Estas mujeres reconocen que han sobrevivido a la guerra, pero que aún no han sido consideradas como ciudadanas que merecen mejores condiciones de vida.

Marcelo Puelles
Redacción

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