Cuidado la tecnología ejerce su reinado alienante sobre la vida cotidiana

Haberse sumergido en lo más recóndito que había detrás (o por debajo) del «fetichismo de la mercancía» 2 fue lo que permitió a Marx develar los rasgos más infaustos y contradictorios de «la anatomía de la sociedad civil», y convenimos con Bensaïd: «Efecto del fetichismo, la alienación se vuelve un concepto histórico y ya no antropológico.» (Bensaïd 2003: 346).

| 15 octubre 2016 06:10 PM | 5.1k Lecturas
Cuidado la tecnología ejerce su reinado alienante sobre la vida cotidiana

Cuidado la tecnología ejerce su reinado alienante sobre la vida cotidiana instigando y propiciando e
Por: Antonio Romero Reyes

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En virtud de este nuevo carácter de la alienación podríamos avanzar desde la economía política hacia la explicación de las relaciones sociales, las clases y sus conflictos en términos de luchas (Bensaïd 2003: 153-186).

La alienación de las necesidades (Mandel 1980: 29) proporciona un buen ejemplo de este planteo sobre la concatenación economía-sociedad; o, para ser más específicos, de la conexión que hay entre el trabajo alienado –resultante a su vez de la interacción entre producción mercantil, división del trabajo y propiedad privada— y la satisfacción de las necesidades sociales:

«Cada hombre especula para crear una nueva necesidad para otro, y para obligarlo a hacer nuevos sacrificios, para imponerle una nueva relación de dependencia y para seducirlo con un nuevo modo de disfrute, y por esto conducirlo a la ruina económica. […] Con la masa de los objetos se desarrolla el imperio de los seres extraños a los cuales el hombre está sometido, y cada nuevo producto es un nuevo elemento potencial de engaño recíproco y de pillaje mutuo. El hombre se vuelve tanto más pobre como hombre, tiene necesidad de tanto más dinero con objeto de apropiarse a estos seres extraños, y el poder de su dinero cae en proporción inversa a la masa de la producción, es decir, su estado de necesidad aumenta en la misma medida en que el poder del dinero aumenta… Subjetivamente, esto se presenta en parte de manera tal que la expansión de los productos y de las necesidades se convierte en el esclavo dotado de poder de invención y calculador perpetuo de deseos inhumanos, refinados, contra natura e imaginarios…» (Marx citado por Mandel 1980: 30).

Si al leer el párrafo anterior nos ponemos a pensar en las formas modernas de dinero mediante el sistema de tarjetas de crédito, tendremos una idea de lo que la alienación de las necesidades significa con respecto a la sociedad de consumo. Pero la alienación nos remite a una problemática más amplia pues recorre todas las esferas de la existencia social, desde la vida cotidiana hasta el régimen político. Con relación a esto último, Boron resumió una de las tesis fundamentales del joven Marx en su crítica al misticismo del Estado en Hegel: «En las sociedades clasistas, la política es la principal –si bien no la única– esfera de la alienación, y, en cuanto tal, espacio privilegiado de la ilusión y el engaño.» (Boron 2006: 183). Si abrimos este espacio privilegiado para incorporar también a las transacciones económicas y los mercados, desde el punto de vista espacial, tenemos asimismo que las ciudades, grandes metrópolis, mega ciudades y ciudades globales, son los lugares privilegiados de realización de la alienación, tanto en la política como en la economía.

En las ciudades modernas la televisión es uno de esos «seres extraños» a través del cual aunque a la vez sometido a la creciente competencia de la tecnología multimedia y otros avances el capital ejerce su reinado alienante sobre la vida cotidiana, haciéndolo mediante lo único que saber hacer: instigando y propiciando el consumismo de mercancías, así como de imágenes y estilos de vida a través de los cuales sus valores e ideología engañosa sobre la libertad y la democracia son inoculadas fácilmente a millones de televidentes. ¿No es cierto acaso que cada producto para ser vendido y masificado por la televisión, la radio o el periódico, necesita de un rostro o de un cuerpo, sin importar la edad y el sexo, aunque se prefieran a las mujeres, jóvenes y niños?

Si se quiere comprobar como opera la alienación en la práctica, sin necesidad de leer libros ni de ser un docto, obsérvese solamente con la debida atención como se comportan y cuales son las reacciones de los integrantes de nuestra propia familia ante una telenovela (en este caso, de las mujeres) o de una película de cualquier género; o váyase a uno de esos sitios de videojuegos adonde acuden los niños y adolescentes varones, donde hacen “volar” su imaginación corriendo autos, matando “terroristas” o secuestradores, o jugando a los héroes contra villanos.

En la primera situación (telenovela, película de acción, fantasía, romance, cualquier programa de animación, etc.) la alienación se produce mediante una serie de actos subconscientes que llevan a los individuos a identificarse con la vida, comportamientos, formas de hablar y hasta con las formas de vestir de los/las protagonistas de sus preferencias (actor/actriz, “héroe”, “estrella de cine”, artista), buscando ser como ellos y ellas, lo cual es una fuente de lucrativos negocios (perfumes, ropa, lencería, artículos del hogar, celulares, cualquier cosa que se le ocurra al lector).

En este caso, toda la industria de la imagen y el sonido se halla interconectada con el marketing de las grandes “marcas”. En la segunda situación (videojuegos) el proceso de alienación es quizá más complejo que el anterior, pues lo que empieza como una simple “distracción” genera rápidamente la adicción entre los más jóvenes a ese tipo de “entretenimiento” (el gusto por matar, reprimir, violentar, etc.) que asimismo es interiorizado por este segmento etáreo. Las consecuencias en el comportamiento de estos individuos, en cambio, recién se podrán apreciar con el transcurso de los años. Mientras tanto, son solamente consumidores afiebrados de violencia y potenciales demandantes (a través de sus padres) de los aparatos de computación.

De nada de eso se ocupa ni tampoco puede hacerlo la ilusa teoría económica del consumidor con sus reglas de máxima satisfacción (utilidad máxima), porque a pesar de toda la sofisticación matemática, es incapaz de penetrar en los reales actos de consumo y en la naturaleza de las mercancías que son consumidas. Esta realidad es falseada e hipostasiada por curvas de indiferencia y el cálculo “racional”, pues al capital solo le interesa que se consuman mercancías sin importar ni medir las consecuencias.

Ese modo de vida, entonces, banaliza la existencia, profundiza el aislamiento y hasta busca premeditadamente la idiotización de los individuos, sin distinción de género, mediante la adicción a las “marcas” y el bombardeo cotidiano de publicidad.

Este es el idiotismo que se debe cuestionar desde el socialismo programático o las posiciones de una izquierda transformadora, sin perder mucho el tiempo en ocuparse de los escritos idiotizados de los Montaner, Apuleyo Mendoza y Vargas Llosa hijo. Sostenemos que mediante esos «seres extraños», que moldean además la vida de las familias y las personas, se garantiza la adhesión y lealtad social al sistema.

De manera más amplia, pensamos que con el concepto histórico de alienación podemos igualmente emprender –junto con la comprensión del capital como relación social y de poder— el camino de retorno para explicar la globalización (el «mercado mundial» en el plan de Marx), la sociedad actual y el Estado contemporáneo (en concreto, la sociedad alienada y el Estado alienado), cuestiones que en el programa de investigación de Marx quedaron por hacer. Debemos reconocer, por cierto, las contribuciones realizadas por autores contemporáneos como Samir Amin, desde la economía política, e Immanuel Wallerstein, desde la historia, a la comprensión del sistema capitalista en su globalidad (Herrera 2006; Ianni 1999); antes de ellos, Hilferding, Rosa Luxemburg, Bujarin y Lenin, en las primeras décadas del XX; así como Aglietta, Arrighi, Baran, Braun, Emmanuel, Frank, Magdoff, Mandel, Palloix y otros en las décadas del 60 y 70.5

Después de Marx, nadie se había tomado la molestia de teorizar en serio el asunto del Estado, cuestión que a mediados de los 70 –a partir de un debate con Humberto Cerroni— suscitó la conocida pregunta de Bobbio (1986): ¿Existe una doctrina marxista del Estado?. Para Boron (2006: 177) la respuesta negativa a esta pregunta no puede confundirse con inexistencia, pues se dieron muchos aportes en términos de una «reflexión política marxiana» y de «una gran tradición teórico-política».

Además es incorrecto y contraproducente plantear ese tipo de pregunta a un corpus de pensamiento que está construido desde una lógica que a su vez está reñida y confrontada con la epistemología positivista. La respuesta que dio Boron nos parece convincente: «la forma misma en que Bobbio se plantea la pregunta remite inequívocamente a una perspectiva incompatible con los planteamientos epistemológicos fundamentales del materialismo histórico. En función de tales planteamientos, redoblamos la apuesta del filósofo italiano al sostener que no sólo no hay sino que no puede haber una teoría “política” marxista. ¿Por qué? Porque para el marxismo ningún aspecto o dimensión de la realidad social puede teorizarse al margen –o con independencia– de la totalidad en la cual dicho aspecto se constituye.» (Boron 2006: 185).

Desde la concepción materialista, se trata entonces de elaborar una “teoría” del Estado pero fusionada con la economía, la política y la cultura; es decir, con la totalidad social. Marx intentó hacerlo mediante el análisis concreto de situaciones concretas, dejando un conjunto de escritos políticos de esta naturaleza, como la evaluación y las lecciones que extrajo de la Comuna de París, de la cual obtuvo algunos principios generales sobre el Estado proletario de transición. En situación parecida Marx y Engels dejaron el tema de la sociedad socialista.

En 1915-1916, teniendo a la vista las grandes transformaciones que experimentaba el capitalismo en la arena mundial, Bujarin había intentado elaborar una teoría marxista del Estado, en términos del Estado imperialista y el capitalismo de estado (Cohen 1976: 44-52), cuyas concepciones lo llevarían a mantener fuertes discrepancias con Lenin sobre «el capitalismo moderno», el papel del nacionalismo en la lucha contra el imperialismo, y la autodeterminación (Cohen 1976: 52-62).

Bujarin era 18 años menor que Lenin y pertenecía a la «generación bolchevique de 1905»; es decir, de los jóvenes que se incorporaron a la política, en la Rusia zarista, durante los alzamientos y huelgas populares de ese año. En lo que al escenario internacional se refiere, ambos dirigentes compartían acuerdos de principio, pero los distanciaba la «cuestión nacional». Las diferencias de Lenin con respecto a Bujarin, en materia de Estado fueron desapareciendo al iniciar el primero, en enero y febrero de 1917 en Zurich, el estudio de un conjunto de materiales reunidos en El marxismo y el Estado, a partir de los cuales escribió desde la clandestinidad (agosto y septiembre de 1917) El Estado y la revolución. Hasta diciembre de 1916 «Lenin no había pensado en el asunto hasta que Bujarin lo suscitó» (Cohen 1976: 62 ss.); la revolución de febrero del siguiente año y la oposición al gobierno provisional lo indujeron a cambiar completamente de parecer.

Todo el debate previo a 1917 sobre el Estado y la «cuestión nacional» había sido de carácter teórico y doctrinario. En 1917 el partido bolchevique carecía de un programa concreto de transformación de las condiciones económicas y sociales en Rusia, limitándose a las propuestas generales de las Tesis de Abril de Lenin, siendo esta carencia uno de los principales motivos de las arduas disputas programáticas durante los 12 años siguientes (Cohen 1976: 80-86). Llamamos la atención de este hecho histórico porque, en los umbrales del siglo XXI, y en todas partes donde la izquierda ha llegado al ejercicio del gobierno (no del poder) –ni que se diga de la socialdemocracia internacional- ha debido recurrir al arsenal de instrumentos de la teoría económica (la macroeconomía keynesiana) para hacerlo conforme a las exigencias de los capitalistas y banqueros, los organismos internacionales y las fuerzas del seudo mercado “libre”.

En términos de las relaciones entre las esfera económica y política, el concepto histórico, sociológico, antropológico, cultural y político de colonialidad del poder (en una palabra: holístico), desarrollado por Quijano (2000a y 2000b), enriquece grandemente el contenido y alcance de la alienación, volviéndose por eso mismo un poderoso instrumento para la crítica de la sociedad actual y del estado capitalista. Más aun, planteamos que el fetichismo de la mercancía, que se arraiga en las condiciones materiales de producción y reproducción del capital, está imbricado –junto con la categoría de alienación— con la esfera de lo político a través de la noción de colonialidad del poder. La siguiente cita permite adquirir una idea gruesa sobre las relaciones entre alienación y colonialidad, asunto que sería más bien materia de otro trabajo (las cursivas son nuestras):

El actual patrón de poder “globalizado” se funda en dos ejes centrales: uno es un sistema básico de dominación que articula todas las formas previas en torno de la clasificación universal básica de las gentes según el criterio llamado “raza”. Otro, es un sistema básico de explotación que articula todas las formas de control de trabajo en torno del capital. Ambos ejes son recíprocamente dependientes. Su conjunción para configurar un patrón específico de poder es el resultado de la experiencia colonial iniciada con América.

La colonialidad es, por eso, la condición fundante e inherente a este patrón de poder. La colonialidad no se refiere solamente a la clasificación “racial” de la población del mundo. Sin ella, y desde la perspectiva de la globalidad, ninguno de los ámbitos del poder, el control del trabajo, de sus recursos y de sus productos; el control del sexo, de sus recursos y de sus productos; el control de la subjetividad, de sus recursos y de sus productos; o el control de la autoridad pública o colectiva, sus recursos y productos, tendría sus actuales rasgos específicos. La denominación ceñida de este patrón de poder sería la de colonialidad-capitalista.» (Quijano 2002).

Tanto las relaciones de explotación como las de dominación son reforzadas por la mistificación de las relaciones sociales que se manifiestan por la exterioridad de la relación capitalista, la autonomización de las condiciones de producción y de los productos del trabajo, así como por la expresión de todo esto en el fetichismo de las categorías económicas. Bensaïd lo resume en la «teoría del círculo infernal de la cosificación» (Bensaïd 2003: 18), que en conjunto se extienden como modernos grilletes sobre toda la sociedad oponiéndose a cualquier posibilidad de emancipación humana.

Podemos asociar estos modernos grilletes con la idea braudeliana de larga duración (Quijano 1986), en el sentido de que, por más voluntad subjetiva que haya de cambiar o de liberarse del actual estado de cosas, siempre estaremos prisioneros de las tradiciones, prácticas sociales, modos de pensamiento, matrices culturales, estilos de vida y praxis política arraigados en el pasado. La dominación de los poderes establecidos se hace descansar en la sujeción contemporánea de las subjetividades, precisamente a través de esos modernos grilletes, y rechazamos que se trate de una nueva forma de fatalidad histórica. Se trata más bien de saber cómo opera hoy el poder capitalista a través del emplazamiento y ejercicio de su colonialidad sobre todo el mundo, incluyendo por cierto a la América Latina. La necesidad de tal comprensión es inevitable e ineludible si se quiere conquistar un nuevo imaginario anticapitalista.

Fetichismo capitalista en lo económico; formas diversas de alienación social y cultural (Sotolano 2008); colonialidad del poder en lo histórico-político, constituyen para nosotros términos claves con los cuales la crítica de «la anatomía de la sociedad civil», emprendida por Marx, se debe completar con la crítica igualmente radical de la matriz civilizatoria del capitalismo, de la que el «modelo neoliberal» es parte integrante. El fundamento último que sirve a toda esta crítica es el análisis de la mercancía, porque constituye la razón de ser del capital para la acumulación, el crecimiento y la reproducción (económica, política, social y de clase). Este análisis hace inteligible las relaciones de producción, que el capital vuelve antagónicas, permitiendo revelar el carácter histórico del capitalismo. Además, la utilización de la categoría de «mercancía» y no la de «bienes» sirve también para recordarles a los economistas de diferentes escuelas, así como a los fanáticos del mercado, justamente la historicidad y transitoriedad del sistema para el cual elucubran sus teorías económicas y/o sus peregrinas ideas que buscan perennizar la metafísica de la «economía de mercado», que al final de cuentas, y en el terreno de la ciencia, es sinónimo de economía vulgar.

Constatamos, por último, que las alternativas al neoliberalismo solamente tienen sentido si son planteadas desde fuera de la teoría económica, como lo reclamaba Lander: «Las alternativas a las propuestas neoliberales y al modelo de vida que representan, no pueden buscarse en otros modelos o teorías en el campo de la economía ya que la economía misma como disciplina científica asume, en lo fundamental, la cosmovisión liberal.» (Lander 2000: 11).

En los comienzos del s. XXI la cosmovisión liberal y el discurso neoliberal no significan otra cosa que la economía globalizada del Imperio (los Estados Unidos y sus aliados). Si en su momento la filosofía hegeliana del derecho debió ser cuestionada y abandonada por Marx, por su identificación política con el Estado prusiano, que en esa época era el prototipo del estado autoritario y represivo, la misma suerte es lo que le esperaría a la «ciencia económica», de la que solo podemos esperar más apología y fetichismo, la defensa cerrada de su estatus y –como afirmaba Engels—8 hasta pensamiento reaccionario; todo lo que se quiera pero menos ciencia.

¿Habrá que abandonar la economía/teoría económica o –para ser menos radicales— profundizar en la «antieconomía» para (re)fundar una verdadera ciencia económica, apropiada para esta época histórica y a la realidad latinoamericana?


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