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Publicado: Domingo 05 de febrero del 2012 | Especial | Imprimir | Compartir | 442 Lecturas

Conga, los Kennedy y Obama al fondo del autobús



El alegato final sobre el rechazo a un proyecto minero en Cajamarca ha quedado reducido por sus aláteres a un principio político inapelable: “No se puede ir contra la voluntad del pueblo”. Esto supone, para todos los efectos, que una mayoría absoluta o relativa, pero mayoría al fin, está en contra en Cajamarca de que ese proyecto minero vea la luz del día. En otras palabras, al “pueblo” no le interesa saber más sobre el asunto. Su palabra es ley y, pues, es su voluntad que la minera se vaya a invertir sus miles de millones de dólares a cualquier otro lado, menos en Cajamarca.

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Afroamericano James Meredith, protegido por marshals federales, ingresa a la univerdsidad de Ole Miss.


Ricardo Vásquez Kunze

Ricardo Vásquez Kunze

Diestra palabra

Poco importa aquí, bajo este razonamiento, cualquier seguridad técnica que el Estado, la minera o un tercero ofrezcan para despejar las dudas y temores y corregir los errores del proyecto que han alimentado la postura de aquellos que, tanto en la Región Cajamarca como fuera de ella, se han opuesto. Así, “la lucha por el agua” se ha convertido en un mito.

Si la democracia, entendida como el principio de gobierno de las mayorías, debe primar sobre cualquier otra consideración por más razonable que esta sea, entonces no hay nada más que discutir. Está por verse, claro está, que aquí se trate de una mayoría. Asumamos que sí: que en una región, departamento, provincia o estado de una unión federal la mayoría considere que una determinada política o hecho alterará esencialmente su tradicional modo de vida y, por tanto, los rechace. Casos, como veremos, no faltan en la Historia aunque hoy todos aplaudan que el “principio de las mayorías” haya sido defenestrado.

James Meredith era un joven negro de 28 años cuando, en 1962, decidió matricularse por tercera vez en la Universidad de Ole Miss, el centro de estudios superior estatal de Mississippi. Había sido rechazado en dos oportunidades y no precisamente por alguna carencia intelectual. Según las leyes del Estado y, en realidad, según las leyes de todos los estados sureños de los Estados Unidos, los negros y la mayoría blanca podían convivir en paz pero separados. Era la política de la segregación racial. Escuelas y universidades para cada raza; piscinas, cines, bares, transporte público, todo bajo el principio de los blancos por aquí y los negros por allá. Así hasta que Meredith, inspirado por el discurso de investidura de John Kennedy, presentó su matrícula a una universidad exclusivamente para blancos, causando estupor primero y, luego, el odio más enconado de la mayoría del fértil estado que tiene el mismo nombre del caudaloso río.

Si Meredith tenía a la ley del estado de Mississippi en contra, así como al gobernador y a la mayoría popular, también tenía una sentencia favorable de la Corte Suprema de los Estados Unidos que, tras revisar su caso, falló por su derecho a ser admitido en la universidad. Pero tan importante como la sentencia de la Corte Suprema fue que Meredith contara con el apoyo decidido de los Kennedy, el Presidente y su hermano Bobby, el fiscal general. Conscientes del costo político que significaba respaldar el derecho de Meredith contra la segregación en el Sur, bastión tradicional del partido demócrata bajo cuya Presidencia ellos lideraban, los dos hermanos se decidieron por lo que pensaban era lo mejor para el progreso de Estados Unidos. Pero no sólo el progreso los animaba. También el hecho político indubitable de que si el Presidente y el fiscal general no podían hacer cumplir la ley nacional, entonces su gobierno estaba perdido. Esto fue lo que, a poco para la medianoche del 30 de septiembre de 1962, los decidió a llegar hasta las últimas consecuencias ante una rebelión sudista que se convirtió en “la última batalla de la guerra civil”.

El gobernador de Mississippi, Ross Barnett, era un demagogo nato, especialista en dar largas. Se opuso hasta el final al ingreso de Meredith a Ole Miss. Escudado en que “no se podía ir contra la voluntad del pueblo” que él representaba y que la integración cambiaría para siempre “la esencia de la tradicional forma de vida” en el Sur, ideó una serie de triquiñuelas legales para impedir que un negro pisara el campus estatal. Cuando todas sus argucias fallaron ante la voluntad de los Kennedy y la persistencia de Meredith, entonces se puso a la cabeza de una rebelión popular que sitió y asaltó la universidad donde Meredith y un puñado de agentes federales y miembros del gobierno se habían atrincherado para hacer valer su derecho y hacer cumplir la ley nacional.

Dos mil quinientos estudiantes armados irrumpieron en el campus de Ole Miss. Fueron repelidos con bombas lacrimógenas por los marshals federales. En el recinto sitiado estaba el ayudante del fiscal general, Nicholas Katzenbach y su adjunto Ed Guthman. Ambos, desde una cabina telefónica del campus, informaban al Presidente y a su hermano, furiosos por el desacato, en la Casa Blanca. Fue entonces cuando el fiscal general, responsable en materia de derechos civiles, ordenó la intervención del ejército para sofocar la rebelión. Las tropas del 503° Batallón de la Policía militar partió de su base en Memphis hasta Oxford, donde se encontraba Ole Miss. Cuando llegaron con cinco horas de retraso la universidad parecía un campo de batalla. Habían muerto dos personas, un periodista francés y un lugareño, 166 agentes federales estaban heridos, así como docenas de soldados, estudiantes y manifestantes. Hubo más de 300 detenidos y el gobernador fue encausado. Fue “la peor noche que he pasado nunca”, dijo alguna vez Robert Kennedy.

Pero valió la pena. Si hubiese triunfado el principio de que “no se puede ir contra la voluntad del pueblo” y que es intolerable todo aquello --incluso la ley-- que pretenda cambiar la “esencia de la tradicional forma de vida” de una región, Obama seguiría viajando al fondo de un autobús en la tórrida Mississippi.

Y por aquí, ¿cuántos dejarán de ser incluidos en el autobús del progreso por pretender absolutos unos principios políticos que, como todo lo político, la Historia demuestra relativos?

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Tags: meredith, mayoria, contra, universidad, principio, estado, pueblo, estados, mississippi, miss,

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