La laguna de la Princesa que llora
El sol del verano calcina las arenas del desierto, las dunas se levantan hacia el cielo sedientas de agua. Pero en Ica no llueve y apenas el viento nocturno se convierte en un refugio momentáneo. En el desierto de Ica sólo el huarango se levanta vencedor y sobreviviente. Tiene su propia sombra y las bayas que produce son dulces y aromáticas. ¿Cómo un árbol sin agua puede además tener la nobleza de producir frutos delicados?.

Pero en medio de las formas sinuosas de la arenas que viajan con el viento, en Ica se produce un milagro: el oasis, la vegetación frondosa, el ojo de agua en el punto central del calor. Dicen que las aguas de la laguna Huacachina se formaron con el llanto de una princesa inca por la muerte de su amado. Tanto lloró que la laguna fue creciendo y en ella se bañaba la princesa desnuda, acariciada apenas por el leve rumor de los colibríes multicolores que llegaban desde lejos para descansar y beber agua y un poco de miel de las bugambilias.
Huacachina es el lugar perfecto para el descanso y para el amor, aunque ahora las aguas que surgían desde los ríos subterráneos del desierto, se han ido secando y es necesario bombear agua de otros sitios para mantener el espejo que tanto atrae a los visitantes.
En los años 20 del siglo XX, Huacachina era un lugar privilegiado para las familias que levantaron sus casas en las orillas de la laguna, pero también para el pueblo que llegaba a disfrutar de un baño que se decía era curativo. De aquella época dorada quedan los edificios que mantienen su encanto y su tradición, como es el caso del hotel Mossone un bello edificio con aire colonial con arquerías y jardines, mostrando como esculturas del tiempo, las antiguas tinajas para madurar los vinos o enfriar los piscos. Visité la semana pasada la Huacachina y entré al Mossone. Alli nos recibió su actual administradora Isabel Oliden Martínez, quien nos contó que el hotel pertenece ahora a los maestros del Perú, a través de la Derrama Magisterial. Allí el descanso y el silencio adquieren un valor especial frente al ruidoso tráfago de la ciudad. Está apenas a 5 horas de Lima y bien vale la pena una escapada para encontrar un pequeño paraíso verde en medio del calor sofocante del verano. Y si quiere aventura, un parque automotor de vehículos areneros, trepa las dunas para mostrar una nueva manera de sentir el desierto.
La princesa se ha convertido en leyenda, pero es bueno imaginar que Huacachina pertenece al amor y que bajo la sombra de sus árboles, los abrazos y los besos tienen un nuevo sentido.
Ronald Portocarrero
Redacción
Alvaro Martín Carbajulca
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