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Publicado: Miércoles 29 de agosto del 2007 | Columnistas y Colaboradores | Imprimir | Compartir | 71 Lecturas

Muerte de Francisco Umbral

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César Hildebrandt

César Hildebrandt

Opinión Columnista

Se acaba de morir, en el Madrid de los Austrias, uno de los mayores escritores de periódico que España haya parido. Se llamaba Francisco Umbral y era mi desayuno de cada mañana durante esos años felices que pasé en el paí­s que jamás pensé amar pero que amé profundamente.

La verdad es que era la mitad de mi desayuno. La otra mitad era Eduardo Haro Tecglen, que tambiÉn se murió años atrás.

A Jaime Campmany, otro difunto, se le podí­a leer pero por su boca hablaba Franco, gritaban los legionarios y mandaba callar la Falange. Lo que pasa es que era tan culto y divertido que hasta su militancia en las ferocidades del vencedor de la guerra civil pasaba a segundo plano.

Esos eran los tres platos diarios del columnismo español. Umbral en El Mundo, Haro Tecglen en El Paí­s y Campmany en el ABC, donde yo trabajaba porque así­ lo quiso mi monárquico amigo Luis Marí­a Anson, continuaban la tradición del periodismo como goce literario y el hábito estupendo de la columna como caja china o caja de Pandora.

Eran columnas para lectores. Y lo que pasa en España es que hay lectores, a diferencia de Lima, donde la mayor parte de los lectores son los que leen medidores de luz y leyendas de revistas dadas al calzón. Y eran columnas que no huí­an de la candela, que disparaban a matar pero con una clase que a veces daba ganas de ser el blanco. QuÉ tipazos eran los tres para mantener, con sus espaldas, el edificio del periodismo español de ideas y de gracias. QuÉ espantosa diferencia con el periodismo nuestro, sembrado de estiÉrcol tercermundista y pobres diablos con pinta de celebridad.

QuÉ tipazo era Umbral para escribir todos los dí­as algo que valiera la pena en un periódico que no valí­a la pena, como era !“y es!“ El Mundo, un periódico que eligió ser reaccionario, mentiroso y aznarista sólo porque ya estaba El Paí­s antes que Él y porque, además, la plata fundacional la puso el banquero fraudulento Mario Conde, el de Banesto.

Pero no importaba. Uno cogí­a El Mundo con guantes quirúrgicos, leí­a LA PRIMERA y volteaba el mamotreto, porque en la última página estaba Umbral en plan de contentarnos.

Umbral, que jamás pisó una universidad y que apenas fue al colegio, era una fuerza de la naturaleza para construir, cada mañana, una columna que era pura arquitectura futurista y en la que no sobraba un alfÉizar. Sabí­a, además, que lo más malo que puede sucederle a un periodista !“aparte de aburrir!“ es volverse tan predecible como el tÉ de las cinco de los Windsor cornudos. Así­ que, cuando menos te lo esperabas, salí­a hablando bien de quien no podí­a ser y hablando mal de quien no parecí­a merecerlo, con la resuelta arbitrariedad de aquellos que pueden, gracias a las palabras, convencernos de algo que jamás debimos admitir.

Es cierto que en los últimos años escoró demasiado al lado de Pedro J., el director de El Mundo, y que esa mezquindad prestada para con Zapatero, por ejemplo, le fruncí­a el ceño a la columna otrora libertina. Pero no me cabe la menor duda de que con la muerte de Umbral, a los 72 años, el periodismo escrito en español pierde a una de sus últimas estrellas.

Una vez entrevistÉ a Umbral en su casa de La Moraleja. Me recibió pensando que le hací­a bien a su márketin salir en alguna tele sudaca y fue muy amable. Estaba sentado en un autÉntico trono de mimbre, que era su manera de ser rey del cafÉ Gijón, y en la pared de al lado colgaba un retrato suyo hecho al óleo y pintado, a no dudarlo, por un pintor que tení­a que adorarlo o temerle mucho. Durante toda la entrevista no se apartó de un vaso de whisky, no se quitó la bufanda blanca con la que podí­a ahorcarte y no dejó de tratar a Vargas Llosa con la punta del pie. ¡Es un magní­fico ensayista!, decí­a. Y en su exagerado ¡Diccionario de Literatura! añade: ¡Faulkneriano en su primera novela, incomprensible en la segunda, realista aburrido y numeroso en las siguientes, lo que tiene Mario Vargas Llosa es una gran pluma de ensayista...! Se odiaban minuciosamente. Y cuando Umbral escribí­a o decí­a cosas como Ésa yo pensaba que lo que querí­a, al final, era un entierro breve y con pocas personas, aquellas no tocadas por sus perversidades.

Premio Prí­ncipe de Asturias de las Letras en 1996, Premio Cervantes en el 2000, Umbral deja libros memorables como ¡Mortal y rosa!, la historia novelada de un hijo muerto prematuramente, o ¡Leyenda del CÉsar visionario!, una de las más inteligentes aproximaciones a Franco que se hayan escrito. Ya los crí­ticos literarios se encargarán de comentar su legado y ojalá que al hacerlo prescindan del provocador profesional que se ganó la mar de enemigos. Porque como periodista o como escritor, Umbral ha sido uno de los grandes.

Con Umbral muere alguien importante para el periodismo mundial. Umbral vení­a de Ramón Gómez de la Serna y conduce a Manuel Vicent, ese valenciano que escribe como los dioses y al que, felizmente, la parca no parece todaví­a rondar.






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