Maravillosas palabras
Cien especialistas hispanófilos se reunieron alguna vez en Salamanca y determinaron que Amadís de Gaula es la mejor novela de caballería de todos los tiempos.

César Hildebrandt
Opinión ColumnistaEn el medio -y de allí su modernidad invencible- está el hermano que ignora que es hermano, la maldad de Endriago y la presta generosidad de Urganda, el destierro en las horas bajas y el regreso celebrado y las bodas espectaculares con Oriana, la bienamada.
Es decir, la matriz de todos los dramas que en la vida han sido, aquello que Wolfgang Kayser resumía con anonadante simplicidad: todas las historias de la literatura de todos los tiempos son amor o muerte, o amor y muerte a la vez y en clave de tragedia.
Y es cierto. Pero lo que valen son los modos y las palabras.
Al fin y al cabo, cualquier tesis enteca podría decir que los Buendía eran unos locos que terminaron con la cola de tirabuzón de los cerdos por portarse mal y perpetrar incestos -porque esa es la historia medular de Cien años de soledad-.
Pero cuando García Márquez nos cuenta que Remedios la Bella volaba con sus sábanas le creemos más que cuando Toledo jura que vio una luz celeste que le reveló su destino o cuando Alan García perjura sobre la honradez.
Y cuando Nabokov nos habla de Lolita la hace más carnosa y real, más provocadora y fatal que las dos Lolitas del cine y que aquella que abismó en la indecencia a Polansky.
Porque en literatura, a pesar de lo que digan los mensajistas y los sonsos, todo es forma: magia de la palabra y de la pausa, recodo del silencio.
Y eso no quiere decir que todas las grandes novelas estén escritas como espectáculo del lenguaje. Porque un Soltzhenitsin o un Balzac arrastran en su prosa la maleza de los días y la vulgaridad de la rutina y, sin embargo, de pronto, esa lentitud sedimentada, esa paciencia descriptiva hacen combustión y estallan y sucede que el mundo desaparece y queda el de ellos atrapándonos, succionándonos casi.
Y hasta hay escritores mediocres -como Malcolm Lowry- que producen personajes tan entrañables, tan bien construidos, que, por razones distintas, de pronto, somos rehenes de una historia y compañeros de un dolor. ¿Quién no se ha sentido, aunque fuera por una sola vez, el cónsul Firmin de “Bajo el volcán”?
Pero siempre son palabras. Palabras que la televisión quiere matar y está matando. Que la prensa escrita está olvidando. Que la gente desprecia. Palabras. Maravillosas palabras.
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