Historia de Marcos
Alguna vez se reveló que el subcomandante Marcos, el hombre de Chiapas, trabajó en una tienda de “El Corte Inglés”.

César Hildebrandt
Opinión ColumnistaPorque de un trabajo como ese se puede salir de dos maneras: como feligrés comprador de la sociedad de consumo, o con pasamontañas y pal’ monte.
Claro. El 99,99% de los mortales se adhiere a LA PRIMERA opción.
Marcos –me imagino- salió un día de “El Corte Inglés” del paseo La Castellana, caminó rumbo a la parada del autobús, miró las luces de la navidad que encendían la fachada, vio a las mujeres con sus bolsas, a los hombres con sus mujeres con sus bolsas, a los niños con sus bolsas de los reyes magos, encendió un Ducado para el frío, una nostalgia de Tamaulipas para no morirse, el rostro de una novia de la UNAM para sentir que le quedaba corazón, y tomó la decisión de enmascararse para ser otra vez el que estaba dejando de ser a cara limpia.
Cuando yo vivía en Madrid era obligatorio, de vez en cuando, ir a un “Corte Inglés”. A mi mujer de aquellos años le gustaba el de la calle Princesa. A mis hijos les fascinaba el que quedaba cerca de la Vaguada. Yo, en secreto, con disciplina de marido ya perdida y amor de padre felizmente intacto, odiaba todos los “Cortes Inglés” del universo.
O fingía odiarlos. O quería odiarlos. Pero iba, siempre iba.
Si los fenicios hubiesen diseñado la galaxia la habrían dibujado como un “Corte Inglés”. Si las caravanas de la seda no hubiesen trashumado se habrían detenido para hacer un “Corte Inglés” definitivo. Si Pepe Botellas, el hermanito de Napoleón, hubiese entrado a un “Corte Inglés” (era imposible: Ramón Areces ni pensaba en nacer) se habría hecho español en los espacios dedicados al gourmet.
Porque “El Corte Inglés” es el estallido de la cosa, el diluvio de las tentaciones, el paraíso de todo lo que es inútil y, por lo tanto, imprescindible y amado. No es una tienda sino una China entera de trapos y artefactos. No es un almacén sino un monumento a la fugacidad del ser humano.
No es un negocio sino que es la vida tal como la entendía Marco Polo. Es un viaje interminable por todo el mapa de las urgencias inventadas y los apetitos recién descubiertos. Es el Nirvana que te llevará a la quiebra.
“El Corte Inglés” habría cambiado el humor de Valle Inclán y el ceño de Unamuno. Los fariseos que decimos odiar las cosas caemos de rodillas en “El Corte Inglés”, que es el becerro de oro de la España que ayer vendía playas y hoy compra telefónicas y se sumerge en la crisis desde esta Europa sucursal de Washington.
Caemos de rodillas los fariseos y compramos, sobre todo lo que no habremos de usar. Y todos, a pesar de la crisis, seguimos pagando con plástico, a futuro, felices de caer en la tentación y sin librarnos de ningún mal, amén.
Ahora entiendo a Marcos. Debió atender en la sección lencería internacional.
De allí al monte no había sino un charco grande que cruzar. Del consumismo a la revolución hay sólo un paso. Al fin de cuentas, las revoluciones también se hacen –o deberían de hacerse- para que el frenesí del consumo alcance a todos.
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