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César Hildebrandt
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Biografías falaces de la década del asco (1)*

La fiscal ad-hoc

Blanca Nélida Colón fue construida por Panasonic para servir al emperador Chino Maldito.

Si uno se fijara bien encontraría en la espalda de la dama un domo que ella disimula con garbo pero sin mucho éxito.

Allí están implantadas las pilas Duracell que, cada noche, cambia su falsa hermana con paciencia y amor.

-Doctora, está usted con las pilas bien puestas –le dijo una vez, y para su fatalidad, una secretaria-.

La pobre fue a parar a Santa Mónica, acusada de acosar sexualmente al bocasucia de Monseñor Cipriani.

Es curioso que nadie hasta ahora haya señalado el carácter no humano de la señora Colón, aunque las pistas que ella dejaba eran más que suficientes para sospechar.

¿Puede una máquina tener sentido del ridículo? Pues doña Blanca carece de ese software.

¿Puede un artilugio bípedo sentir compasión por el ofendido? Allí está el detalle.

¿Puede una estructura de metal y polímeros experimentar el goce del deber cumplido? Pues allí va otra respuesta.

¿Puede un refrigerador con peluca sentir la necesidad de decir “¡no!”? Allí lo tienen.

¿Y cómo es posible que no nos diéramos cuenta de esa cadencia de gozne al andar, de esa voz de aluminio y de esos ojos programados que querían fulminar cuando alguien cuestionaba a Montesinos?

Como cualquier replicante, doña Blanca tiene insertada una falsa memoria que, en su caso, la sitúa en las serranías del Perú durante su infancia hecha a punta de píxeles.

Nada más falso, por supuesto. En su infancia –si así puede llamarse el primer periodo de su fabricación- sólo hay planos, chips, láseres y algo de nanotecnología precursora. Y, claro, el software del loco Lusa, el firewall de Wolfensonso y el antivirus robado que salvó a la niñita Keiko cuando padeció su primer ataque de cleptomanía convulsiva.

Lo que pocos sabían es que esta máquina de asentir llamada Blanca (por fuera) es también un arma.

En efecto, tiene filos de guillotina detrás de los párpados, veneno de cascabel debajo de las uñas, un dardo de curare en el ombligo, dos granadas que le agrandan el sujetador, una fuente de sumisión que no requiere de recarga y un mecanismo de autodestrucción que se activaba al grito de “¡Fujimori ha caído!” pero que no pudo activarse porque el grito final de la década del asco fue “¡Fujimori se ha fugado!” Eso explica que la tengamos todavía entre nosotros.


Un señor de la tele

Pepe Cruz y Yá II nació en la isla Túmeobligas, al oeste de las islas Fuji y a unos 200 kilómetros del archipiélago de las Waype, muy cerca, para ser precisos hasta el aburrimiento, de las Micronecias, de donde eran oriundas sus hermanas.

Muy pronto destacó en el viril deporte del hula-hula, convirtiéndose en el campeón nacional de su isla en la modalidad Descaderada.

Poco tiempo después, las fuerzas anfibias japonesas, al mando del almirante Llama-Moto, invadieron su país y lo nombraron director general de Televisión.

En realidad, quien hacía el trabajo (sucio) era Nicolás Lú, su cuñado, que había estudiado para felpudo en la universidad de Ulan Bator, para traidor en la Escuela de las Américas, y para indecente ph.D gracias a una maestría en el Troca.

Pero Cruz y Yá II era el que figuraba y el que repartía el trabajo, que consistía en entretener al pueblo mientras los japoneses saqueaban la isla y se llevaban envasadas hasta las algas.

El único canal de la isla era el 4, o sea el de Cruz y Yá y Lú, y las tropas de ocupación lo sintonizaban de vez en cuando para cerciorarse de que Lú seguía siendo el bicho delator y la alimaña difamatoria que había jurado ser.

No se equivocaban. Habían elegido bien. Lú seguía haciendo lo suyo, secundado por un tal Arbusto Pérez Lunar. Y Cruz y Yá demostraba que por algo había ganado el Concurso inter Islas de Encostalados Durante Una Semana, el trofeo de Mister Ninguno, el máximo premio en la Olimpiada de los Reflejos de Pavlov, el primer puesto en el raylle de Chicheñó a Cuántohay y el galardón mayor en el IX Campeonato Mundial de Simoniz contra el Reloj.

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(*) Estos textos, como los que esta columna difundió hace unas semanas, no han sido publicados antes. O son enteramente nuevos –y pertenecen a un proyecto editorial en progreso- o han sido reescritos recientemente dejando apenas vestigios del original. La aclaración vale la pena en vista de que algunos lectores me han escrito preguntándome si estas historias esperpénticas se publicaron antes en “Liberación”. Me sentiría muy mal si saqueara mi propio archivo e hiciera pasar textos viejos por nuevos. Lo que sí creo es que es hora de recordar, desde el humor negro, la década en la que todo parecía inmundo y pestífero. Sobre todo en estos días, cuando la señora Keiko aparece en la TV amiguita haciendo gala de un cinismo heredado y de una sinvergüencería perfeccionada en Boston.

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