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Pilar y un alfajor de Trujillo

Pilar y un alfajor de Trujillo

Fui a visitarla hace dos semanas, y Pilar Coll me preguntó:

—¿Nos hemos visto antes en una cárcel?

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—Nos estamos viendo en el Perú —le respondí—. Y si no rezamos, puede que esto se convierta en una cárcel.

—Tienes razón. Le pediremos a Dios que todos los días nos haga recordar los derechos humanos.

Conversamos más de tres ho-ras. Muchas más habrían sido necesarias. Desde el 15 de septiembre, su alma y su recuerdo están navegando hacia el cielo.

Durante los días de la Gue-rra Civil Española, la pequeña “Mañica” no había cumplido nueve años cuando alguien llegó a su casa para dar aviso de que acababan de encontrar los cadáveres de su padre y de su hermano, quienes habían sido fusilados sin juicio.

En esos días terribles, sus hermanitas murieron de tuberculosis. La gente padeció hambre en Huesca, su pueblo. Al final de la guerra, los que no estaban en la cárcel caminaban por las montañas escapando hacia Francia.

Pilar estudió derecho en Barcelona y luego se hizo misionera secular. Después de trabajar por los más pobres en varias ciudades de España, tomó un barco y se fue al Perú, un país que la necesitaba mucho más.

Además de enseñar religión en escuelitas pobres de Trujillo, trabajó en una comisión episcopal de acción social en apoyo de familias menesterosas y de miles de personas que habían sido despedidas del empleo debido a su participación en un paro nacional.

Hay pocos que conozcan la cárcel peruana como la ha conocido esta aragonesa enamorada de los derechos humanos. La pisó por primera vez en Ayacucho, y casi se queda allí. Como directora de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, había ido a investigar la suerte corrida por los detenidos y los desaparecidos durante la guerra sucia, pero tanto ella como el padre Gallagher, un sacerdote estadounidense que la acompañaba, fueron apresados. Desde entonces, no ha cesado de visitar los penales del país para llevar su ayuda material y moral a los presos políticos y comunes que la necesitaban.

Durante nuestra conversación, le pregunté si tenía esperanza en la paz, pero no me respondió. Estaba ocupada preparando una tetera de la cual nos habíamos de servir durante toda nuestra reunión.

Le hablé entonces de lo que yo pensaba. Le dije que al votar por el actual Gobierno, yo personalmente había votado por la paz y el estado de derecho, pero que no era eso lo que encontraba ahora en el Perú. Frente a una serie de conflictos sociales, el Poder Ejecutivo parecía estar confundiendo la autoridad, que le es inherente, con la amenaza de una “mano dura” a la que suelen recurrir algunos Gobiernos.

Añadí que no entendía los extremos a los que se había llegado en el trato con los presos que fueron acusados de terrorismo durante la era Fujimori. Negarles los beneficios carcelarios, despedir del trabajo a los maestros salidos de la prisión y añadir que se está estudiando medidas muy severas contra quienes habitan el penal parecen una suerte de perversidad innecesaria completamente ajena a la doctrina y las previsiones del derecho penal. ¿Qué peligro pueden significar para el país hombres y mujeres que vieron sus vidas destruidas en calabozos bajo privación de luz solar, expolio de sus escasos bienes y limitación de sus visitas familiares?

Le dije, además, todo lo que pensaba acerca de la llamada “Ley del Negacionismo” que el gobier-no ha llevado al Congreso para encarcelar a quienes nieguen o reivindiquen el carácter terrorista de los grupos que se alzaron en armas en décadas pasadas. Si ese precepto se aprueba, la libertad de expresión será un recuerdo del pasado. Y por fin cualquier libro que escribamos —o que haya sido publicado sobre temas sociales— será condenado a la hoguera por algún fiscal de enérgica formación y estrecha sesera. Ni más ni menos que la bárbara ley del califa Omar, para quien los libros deberían ser quemados si contenían algo más “de lo que dice el Corán”.

Cuando Pilar Coll comenzó a responder se convirtió en el torrente que llevaba como segundo apellido. Tendría yo que escribir un libro para contar todo lo que esta mujer había visto y vivido. Me pregunté qué hacía en esa modesta vivienda una mujer premiada por el rey de España con la Orden de Isabel la Católica. Quise saber por qué razón una mujer que podía haber sido jurista o profesora universitaria en España había cambiado su destino por el de habitante de una barriada en El Agustino, enfermera de pobres, abogada de presos insolventes y defensora de unos derechos que, según algunos infames, no tienen sentido.

Le había llevado unos alfajores de nuestro querido Trujillo, de esos que por su tamaño se llaman King Kong, porque sabía que le encantaban. Sin embargo, Pilar Coll Torrente ni siquiera los probó. Recién ahora, recuerdo que ella iba a visitar a los presos al día siguiente. Algunos de ellos los estarán degustando mientras se pierde en las nubes el último rastro de esta loca y santa aragonesa que se ha ido al cielo sin haber probado un alfajor de Trujillo.

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