Personas grandes y chiquitas

La grandeza de Salvador Allende se mide, en primer lugar, por el hecho que hizo todo lo que pudo por cumplir la palabra que empeñó ante su pueblo, de iniciar el cambio en Chile para transformarlo en un país con mayor soberanía sobre sus recursos y justicia en las relaciones sociales, y democrático en lo político, y hacer todo esto sin romper las reglas de juego de partidos y consultas electorales periódicas que lo llevó al poder.

Fue su consecuencia lo que obligó a sus enemigos, que se llenan la boca con la palabra democracia, a romper con esas reglas y decretar el exterminio para recuperar las posiciones perdidas. Y allí está el segundo dato de la vida de Allende: no se rindió, ni se entregó a los golpistas, no salió a empellones en pijama al exilio, sino que se batió con las armas en la mano y murió dentro del Palacio sin capitular ante los traidores.

Ante esta impecable línea de conducta, muy poco cuentan los “errores”, o mejor dicho los dilemas que el presidente socialista no pudo resolver en la economía, sujeta al boicot sistemático desde fuera y desde dentro, que buscaba precisamente hacer imposibles las reformas nacionales y sociales, y colocar al gobierno contra la población. Cuando el voto siguió afirmando que la Unidad Popular era la mayoría del país (como hoy en Bolivia o Venezuela), entonces se descubrió que el pueblo podía soportar privaciones, pero la derecha y sus mesnadas no podían seguir retrocediendo y por eso soltaron su jauría.

¿Y qué puede importar si el joven médico Allende escribió alguna parrafada a los 20 años? Hay que tener el alma muy chiquita para pretender disminuirr el significado latinoamericano y mundial del mártir de La Moneda, contando chismes de última categoría. Como querer restarle valor a Vallejo, cuya trascendencia está en sus poemas, diciendo que no le gustaba trabajar en otros oficios ajenos a la literatura o referirse a los dineros de Georgette y cómo los gastaron; o manchar la memoria de Grau por no haber abandonado a los náufragos y perseguido al barco chileno que huía de Iquique.

Hay personas grandes que se encarnan en algunas realizaciones indiscutibles, y hay personas chiquitas a las que la envidia o la pasión llevan a buscar archivos para ver como pueden rebajar a los grandes. El Perú, por ejemplo, puede decir que tiene un Mariátegui gigante y otro minúsculo.

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