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Oración por Aljovín

Miguel Aljovín murió hace algún tiempo. Pero, como decía Borges, no es que la muerte mejore demasiado a la gente. En todo caso, mucho antes de morir formalmente, don Miguel Aljovín, el Fiscal de la Nación que se negó a investigar a Montesinos cuando “Liberación” descubrió sus cuentas canallas en el Banco Wiese, ya había muerto a causa de la peste que diezmó al país: la de la cobardía moral. Estas líneas fueron publicadas después de que Aljovín absolviera a Montesinos sin siquiera tramitar la clamorosa denuncia en torno a su fortuna mal habida.

En el país de los muertos vivientes, don Miguel Aljovín dejó de existir anteanoche.

Claro -me dirán- algo queda de él. Y es cierto, pero lo que queda está desprovisto de alma y de sentido.

Y es que para ser parte de la mafia primero hay que suicidarse, moralmente hablando. ¿Podría alguien vivo considerar a Montesinos un honrado asesor y a Fujimori un honrado presidente y a Bustamante un honrado premier y a De Trazegnies un honrado canciller? No. Primero hay que matarse.

Eso fue lo que hizo el débil Aljovín. Cogió la pistola metafórica del acomodo, la puso en su sien, y disparó.

Una bala de oportunismo le destapó el cráneo y el Aljovín que conocimos se esfumó, dejando un círculo de grasa humeante en el despacho.

Segundos más tarde, el nuevo Aljovín se sentó y escribió de puño y letra el comunicado que lapidó al verdadero Aljovín.

El nuevo Aljovín estimaba a Montesinos como a un ciudadano ejemplar, tributariamente ejemplar. Estaba convencido de que Blanca Nélida Colán era una dama de honor y que el gobierno de Fujimori era una democracia preocupada por el país.

Cuando el nuevo Aljovín terminó de escribir el infame comunicado, sonrió. Llamó a su secretaria para que lo pasara a la computadora e hizo planes con Dulcinea, que también era la segunda Dulcinea -dado que la primera terminó sus días con una cápsula de cianuro recetado por el doctor Luza-.

De Aljovín queda el sonsonete de su respiración, la piel rosada, dos anillos, una plancha dental, una cicatriz abdominal, una chequera que conocerá nuevos ceros, la cadencia de sus vísceras y el espesor de sus cejas sin concierto.

Pero todo lo demás es distinto. Tiene el alma entre paréntesis, el honor arrugado, la memoria borrada y el disco duro de su destino carcomido por el virus de la cobardía.

Todo el que se acerca al núcleo de este gobierno pasa por el ritual de envilecerse. Debe ser un mecanismo de defensa para tolerar lo que se ve y lo que se escucha dentro de Palacio de Gobierno.

Hoy Aljovín es elogiado por la prensa que difama y miente. Los mayores mafiosos del Perú lo vitorean. Los perversos que han hecho del ejercicio público un asalto de diligencias, lo consideran suyo.

Que en paz descanse, doctor Aljovín.

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