Fue todo un acontecimiento. Ocurre que a Patricia Carreño, cajamarquina tan blanca como los nevados de la cordillera, ojos pardos y brillantes, cabellos claros, se le ocurrió volver al mar después de tanto tiempo.
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Había llegado con algunos días de anticipación a
Lima para sumarse a la digna marcha por el agua cuando ésta llegue a la capital y, siguiendo su línea, fue a la playa para
saludar al inmenso océano y a tomar el sol como si de una gaseosa helada se tratara. Se puso linda, con la idea de que el astro rey se enamorara de ella, y enrumbó a una playa de Miraflores. Se puso todos los protectores contra el sol recomendados por experimentados playeros y armó su campamento frente a las olas generosas. La pobre no aguantó ni media hora. Llegó a la playa a las once de la mañana y a las once y veinte estaba ya alistando sus cosas para fugar. Le empezaron a arder sus hombros suaves, sus pómulos hermosos, y su espalda parecía haber sufrido una quemadura terrible. “Se abrieron mis poros, mis poros”, gritó Patricia y quiso marcharse de la playa para no volver más. Cuando estuvo a punto de hacerlo, las nubes cubrieron al sol y ella dijo, mirando arriba: “Gracias”. Se quedó un rato más frente al mar, sin perturbarse de los piropos varoniles por sus curvas de infarto. Tuvo miedo de entrar al agua y apenas jugó con unas olitas. Se quedó hasta la una de la tarde bajo su sombrilla graciosa y volvió a su casa, porque el tigre que vive en su estómago no dejaba de rugir. Cuando regresó a su habitación, su piel le ardía tanto que ni siquiera podía sentarse. Se puso rodajas de tomates frescos en algunas partes del cuerpo, hojas grandes de lechuga en otras; hielo en la frente y en las mejillas. Hace como veinte años, cuando era niña, Patricia había ido al mar por primera vez de la mano de su padre y, en aquel tiempo, jugó muchas horas sin protegerse y nada malo le pasó a su piel. Eran épocas en las que se creía que eran locos los que hablaban de los rayos ultravioletas del sol y los taxistas no usaban protectores de brazos, como en la actualidad. Ahora, la cosa es seria y hay mucha gente que sufre al ir a la playa. ¿Será posible que llegue el día en que nadie podrá ir al mar?
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