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Un país con Correa

Abrumadora ha resultado la votación de Rafael Correa en las elecciones de ayer en Ecuador. Todas las encuestas indicaban que iba a ganar en primera vuelta, con algo más del 50 por ciento. Ha acumulado más del 60%. Ese triunfo expresa el apoyo de los ecuatorianos a un gobierno de izquierda nacionalista que ha sabido cumplir promesas de justicia e igualdad en salud, educación y trabajo.

El voto de los vecinos del norte refleja también los avances de una izquierda plural, diversa, antidogmática, que avanza en Nuestra América con las armas pacíficas de la democracia: la verdad, el voto.

El segundo en votación es Guillermo Lasso, un reaccionario miembro del Opus dei, quien durante 18 años presidió el Banco de Guayaquil, uno de los más importantes de Ecuador.

Triste papel ha correspondido a Lucio Gutiérrez y a su partido Sociedad Patriótica. Gutiérrez alcanzó notoriedad, años atrás, cuando desplegó banderas de rebeldía, nacionalismo y agrarismo. Las masas urbanas y campesinas lo llevaron al poder, confiando en sus promesas, pero cuando se arrodilló ante Washington y la oligarquía criolla, esas mismas masas lo derribaron.

Él llamó “forajidos” a sus opositores. En esta ocasión ha llevado como compañera de fórmula a una exreina de belleza de nombre anglosajón: Pearl Ann Boyes. En su programa proponía legalizar el uso de armas por la población civil. Todo un american boy. Ha alcanzado apenas 5.7 por ciento de los votos. Es el estigma de la traición y el engaño.

Correa, el reelecto Presidente de Ecuador, se alinea con el frente de los mandatarios progresistas. No milita en el ala radical. Ha dicho: “No somos anticapitalistas, antiyanquis o antiimperialistas”. Pero, apenas llegado al poder, suprimió una poderosa base aérea de Estados Unidos. Nacido en hogar modesto (su padre estuvo preso en Estados Unidos por tráfico menor de drogas), obtuvo una maestría en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, y se doctoró en economía en la universidad estadounidense de Illinois.

Correa puede no ser antiimperialista; pero el imperialismo sí es adverso a Correa. Es indudable que la garra de Washington estuvo en el frustrado golpe policial contra su régimen. Intentos golpistas contra gobernantes izquierdistas del continente se dieron en esa misma época: en Bolivia, en Venezuela. En Honduras, el imperio logró su propósito, al derrocar al presidente José Manuel Zelaya, un político adinerado, inicialmente conservador, pero que llegó a la conclusión de que no se podía gobernar contra los pobres y contra la soberanía nacional. La esposa de Zelaya encabeza ahora en Honduras un caudaloso movimiento nacional popular.

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