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Ser congresista en el Perú

Cuando John Locke sostuvo, en su Ensayo sobre el gobierno civil, a fines del siglo XVII, que el Parlamento era el primer poder del Estado, no se le pasó por la mente que los congresistas debían ser, por eso, los funcionarios mejor pagados de un país. En el Perú, hemos enmendado a Locke: acá, los congresistas se llevan la plata en carretilla; mejor dicho, en Mercedes Benz.

Alguien me explicaba que la ansiedad monetaria de los congresistas peruanos se debe a que muchos de ellos necesitan recuperar la plata que les costó llegar al recinto parlamentario. Muchos compraron su ubicación preferencial en la lista partidaria; otros tuvieron que sacar de su bolsillo los gastos de campaña.

Puede ser, pero el fondo de la cuestión es que el sueldo que cobran y el aumento que se han otorgado constituyen un abuso y una desvergüenza. Sabido es que, desde los días de Fujimori, el Poder Legislativo ha venido perdiendo calidad y prestigio. Todas las encuestas indican que es, junto con el Poder Judicial, la institución más desacreditada de la República.

No sólo bajo rendimiento legal e intelectual se reprocha a los congresistas. Hay también, desde hace años, la convicción ciudadana de que muchos de ellos actúan como lobistas, intermediarios, de intereses privados. Se vio en el caso de los petroaudios, en la época del congresista Jorge del Castillo.

Se denunció también en el caso de los aranceles al cemento importado. En esta ocasión, nadie menos que el presidente Alan García afirmó que había “mucho dinero de por medio”, en alusión a un sector del Tribunal Constitucional vinculado a Jorge del Castillo.

Hay, por supuesto, un núcleo ilustre, honesto y diligente en el Congreso. No es casual que sus miembros sean los únicos que han rechazado el jugoso aumento aprobado contra viento y marea.

El domingo pasado, el doctor Carlos Mesía, columnista de este diario, escribió que a los gobernantes no hay que apoyarlos porque son eficientes, sino que hay que apoyarlos para que sean eficientes. Hay una cuestión de fondo, teórica y práctica, en ese criterio. En primer lugar, eficiente quiere decir que puede lograr o producir el efecto deseado. Esto significa que se puede ser eficiente para el bien o para el mal, para el engaño o la honestidad, para la coima o para la justicia. El doctor Mesía, presidente del Tribunal Constitucional del 2006 al 2011, lo sabe.

La historia está repleta de eficientes en el peor sentido de la palabra, y gracias al apoyo que obtuvieron mediante la mentira. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos fueron eficientes en adueñarse del poder y llenarse de plata.

Muchos de los congresistas actuales fueron eficientes al conseguir apoyo gracias a promesas de cambios. Lo mismo puede decirse del Presidente Ollanta Humala.

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