Publicado: Miércoles 19 de diciembre del 2012 |
Columna del Director | Imprimir | Compartir
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Escándalo judicial
Escándalo auténtico es el ocurrido con la orden de libertad para Martin Rivas y José Alarcón, exmiembros del Grupo Colina, a quienes la Cuarta Sala Penal Liquidadora de Lima ha ordenado liberar por exceso de carcelería. Se ampara la resolución en el hecho de que la Fiscalía correspondiente incumplió los plazos para juzgar y sentenciar en el caso del secuestro, la decapitación y el descuartizamiento de la agente de inteligencia Mariella Barreto.
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César Lévano
Razón Social cesar.levano@diariolaprimeraperu.com
Decapitación, descuartizamiento, nada menos.
Esos crímenes no parecen haber conmovido a algunos magistrados de la Cuarta Sala Penal de la Corte Superior de Lima, puesto que no ordenaron la investigación pertinente, con la severidad y presteza adecuados.
La señora Barreto, como es sabido, era pareja de Martin Rivas, de quien tiene un hijo. Si se probara que, en efecto, éste cometió el espantoso crimen contra esa mujer, el horror crecería.
Recuerdo que en un programa de televisión, Martin Rivas afirmó que la noche de ese asesinato él viajó a Trujillo. Ahí saltó la ausencia de una repregunta: ¿en qué vehículo o agencia de transporte viajó?
Martin Rivas, mayor del Ejército, jefe operativo del Grupo Colina, demostró en el caso La Cantuta que no se le alteraba el pulso al cometer los peores abusos. El matar niños, como en el crimen de Barrios Altos, le parecía lo más natural en una guerra de baja intensidad. No por gusto había estudiado en la Escuela de las Américas, esa institución creada por el Pentágono estadounidense, y que ha engendrado notables ejemplos de fascistas y dictadores latinoamericanos. También el mayor Carlos Pichilingüe, segundo de Rivas, había cursado estudios de terrorismo de Estado, guerra clandestina y escuadrones de la muerte en esa cátedra de horror creada por Washington.
Se sabe hace tiempo que ninguno de los estudiantes asesinados de La Cantuta era senderista. Un exalumno de ese centro de estudios me refirió que conocía de cerca de esos jóvenes. A lo más, participaban en discusiones que entonces estaban ahí a la orden del día.
La tragedia de Barrios Altos ocurrió el 1 de noviembre de 1991, en el primer piso de la casa de vecindad del jirón Huanta 840. Allí fueron ejecutados 15 inocentes, entre ellos un niño de nueve años. Supe a los pocos días que el grupo asesino comandado por Martin Rivas había errado el blanco. En el primer piso había una pollada para recaudar fondos con la mira de reparar los servicios de agua y desagüe. En el segundo piso había una fiesta senderista.
“El operativo de Barrios Altos no tuvo como objetivo la captura de terroristas”, declararía Rivas a Umberto Jara. “El objetivo era darle un mensaje contundente a Sendero. Esa casona era un centro de operaciones senderista”.
La casona, no los senderistas. Torpeza típica del sanguinario cómplice de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.
Esos crímenes no parecen haber conmovido a algunos magistrados de la Cuarta Sala Penal de la Corte Superior de Lima, puesto que no ordenaron la investigación pertinente, con la severidad y presteza adecuados.
La señora Barreto, como es sabido, era pareja de Martin Rivas, de quien tiene un hijo. Si se probara que, en efecto, éste cometió el espantoso crimen contra esa mujer, el horror crecería.
Recuerdo que en un programa de televisión, Martin Rivas afirmó que la noche de ese asesinato él viajó a Trujillo. Ahí saltó la ausencia de una repregunta: ¿en qué vehículo o agencia de transporte viajó?
Martin Rivas, mayor del Ejército, jefe operativo del Grupo Colina, demostró en el caso La Cantuta que no se le alteraba el pulso al cometer los peores abusos. El matar niños, como en el crimen de Barrios Altos, le parecía lo más natural en una guerra de baja intensidad. No por gusto había estudiado en la Escuela de las Américas, esa institución creada por el Pentágono estadounidense, y que ha engendrado notables ejemplos de fascistas y dictadores latinoamericanos. También el mayor Carlos Pichilingüe, segundo de Rivas, había cursado estudios de terrorismo de Estado, guerra clandestina y escuadrones de la muerte en esa cátedra de horror creada por Washington.
Se sabe hace tiempo que ninguno de los estudiantes asesinados de La Cantuta era senderista. Un exalumno de ese centro de estudios me refirió que conocía de cerca de esos jóvenes. A lo más, participaban en discusiones que entonces estaban ahí a la orden del día.
La tragedia de Barrios Altos ocurrió el 1 de noviembre de 1991, en el primer piso de la casa de vecindad del jirón Huanta 840. Allí fueron ejecutados 15 inocentes, entre ellos un niño de nueve años. Supe a los pocos días que el grupo asesino comandado por Martin Rivas había errado el blanco. En el primer piso había una pollada para recaudar fondos con la mira de reparar los servicios de agua y desagüe. En el segundo piso había una fiesta senderista.
“El operativo de Barrios Altos no tuvo como objetivo la captura de terroristas”, declararía Rivas a Umberto Jara. “El objetivo era darle un mensaje contundente a Sendero. Esa casona era un centro de operaciones senderista”.
La casona, no los senderistas. Torpeza típica del sanguinario cómplice de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.
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Tags: martin, barrios, casona, guerra, centro, segundo, objetivo, cantuta, operativo, estudios,
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