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Publicado: Domingo 02 de agosto del 2009 | Cine | Imprimir | Compartir | 314 Lecturas

Seducción angelical



Junto a Jeanne Moreau, Catherine Deneuve es la estrella más representativa del cine francés de los últimos cuarenta años. Su carrera se inicia en 1956 con “Las colegiales” de André Hunebelle. Tenía apenas trece años. Su mirada entre dulce y triste ha continuado seduciendo a través de las pantallas desde aquelLA PRIMERA aparición.

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Catherine Deneuve"




En Lima, los espectadores jóvenes la admiraron en dos momentos de su trayectoria, en “Los paraguas de Cherburgo” (1963) de Jacques Demy, que la televisión por cable ha programado varias veces y en el ciclo de cine francés “Miradas de Mujer”, en la película “Plaza Vendome” (1998) de Nicole Garcia. Es poco probable que la podamos ver en su más reciente intervención, “Pola X” (1999) de Leos Carax.

La belleza de la Deneuve “hacía inútil el argumento de cualquier filme”, decía François Truffaut. Este carácter de la actriz, es decir su belleza imperturbable, ambigua, fría, perfecta, fue en realidad el soporte inicial de su imagen, particularmente a partir de su encuentro con Roger Vadim, que quiso repetir el mismo proceso que con el mito de Brigitte Bardot.

Inventa una historia en la que aparecía desnuda, “Satán conduce el baile” (1962). Pero siempre era como una copia de la Bardot. No fue sólo su descubridor. Vadim la hizo su amante y tuvieron un hijo, Christian, nacido en 1963. Sin embargo, ella no quiso el matrimonio. Su independencia y su terca pelea por mantener su vida afectiva y familiar lejos del oropel del cine y de la curiosidad de la prensa, le ha hecho pasar no pocos sinsabores. Tampoco quiso casarse con el padre de su segunda hija, Chiara, nacida de su relación con otro amante mucho mayor que ella, el gran Marcello Mastroiani.

Catherine llega al cine junto con su hermana Françoise Dorleac, muerta prematuramente en un accidente de tránsito. La desaparición de su hermana la perturba emocionalmente. Pero el cine era ya parte de su vida. Y se transforma en su verdadera pasión. No era sólo un rostro o la mujer más bella del cine francés. Ya había probado sus registros interpretativos de la mano de Roman Polanski en “Repulsión” (1964), de Luis Buñuel en “Bella de día” (1966) y “Tristana”(1969), de François Truffaut en “La sirena del Mississippi” (1969) y “El último metro” (1980), creando alrededor suyo el enorme prestigio que la acompaña.

El cine americano, el cine italiano, el cine inglés la reclaman. Filma en todos ellos. Luce su sobriedad -a veces confundiéndose con el hieratismo-, la continua tristeza de sus ojos, los delgados labios, la risa contenida, su rubia cabellera. Es una de las actrices emblemáticas de la “nouvelle vague”. Aún ahora, luego de cuarenta años de carrera, su belleza descarnada transmite la sensualidad oculta, misteriosa, deseable.

Pero el tiempo deja sus huellas. Y la pantalla no perdona. La Garbo no permitió que su belleza fuera mancillada por el tiempo. Quiso mantener la ilusión de ser siempre joven. La Deneuve no tiene miedo. Sigue haciendo cine, con la misma dignidad y pulcritud de “Los paraguas de Cherburgo”. Es la misma dignidad, la belleza auténtica, la del alma, que transmite Jeanne Moreau. Catherine y Jeanne. Dos mujeres, lejos del mito norteamericano de las estrellas o las divas, en trance de vivir sus pasiones y derrotas ante los implacables ojos de las cámaras. Es posible mirar su vida entera en la pantalla. Desde los trece hasta los sesenta y seis años. Y ver cómo crece el amor mientras la piel desaparece entre la bruma de los años. Parte de la magia y la crueldad que el cine nos deja también en nuestra propia piel.

Ronald Portocarrero
Redacción

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