La confusión del amor
El tiempo hace su trabajo. Las penas acaban, como si las horas del silencio cavaran espacios para otras penas que vendrán galopando, tan densas como las que quedan en el baúl de la memoria. Se limpia la piel, el corazón retoma su andadura, las manos pueden extenderse otra vez, la risa asoma de nuevo, tenuemente al principio, más franca y abierta luego. Pero la mirada sigue distante, muriéndose detrás de la fiesta de los sentidos.
Romy Schneider"

Qué dulce era entonces la mirada tuya Romy, cuando eras la emperatriz Elisabeth de Austria en los palacios de Viena. La risa nos llegaba a través de tu mirada de niña. ¿Así era la felicidad, la vida a los 19 años, querida Romy? Lo sabrías después. Por eso dijiste a los 40 años: “soy una mujer desgraciada, he estado confundiendo siempre la vida con las películas”. ¿Es que acaso se puede vivir de otra manera, sin sustituir la oscura realidad por la luminosidad de la pantalla?
De pronto la vida se confunde. La verdadera vida es la ficción. Y en tu caso, Romy, lo que te tocó vivir era un argumento inventado, escrito por un guionista salvaje y cruel, con personajes que se deslizaban furtivamente bajo tu piel, buscando los hilos para maniobrar el movimiento, para hacerte llorar de verdad, desgarrar el alma, aventar el amor y la soledad a un recipiente insensible y ajeno. Titiritero cruel que permite que creas en el amor perfecto, en el amante perfecto, el compañero perfecto. Alain Delon, te pareció que lo era, luego de filmar con él “Christine”, en 1958.
Eran la pareja ideal, de película, nunca real, tan bellos ambos, dentro y fuera de la pantalla. Por primera vez, el amor de ficción y el amor real eran uno solo. Creíste que podía durar toda la vida. El golpe vino de regreso de Hollywood, cuando en tu piso parisino encontraste pegado en el espejo una nota: “Me voy con Nathalie. Que seas feliz. Alain”. Todo fue silencio y el vacío se instaló para siempre. No hubo calle a donde correr. No hubo lluvia que mojara tu rostro, salvo la propia lluvia interior que entristeció la mirada para siempre. Te casas para olvidar. Tal vez un hijo. Y tienes un hijo, David. Y filmar, filmar, como si ponerte otras pieles y otras conciencias fuera la única manera de no morir. Y la confusión se instala. El cine y la vida intercambian sus roles. Filmas, entre muchas otras películas, “10:30 de una noche de verano” (1965) de Jules Dasin, sobre una novela de Margarite Duras, “El asesinato de Trotsky” (1971) de Joseph Losey, “Luis II de Baviera”(1972) a las órdenes de Luchino Visconti y en la que volverías a interpretar, de una manera oscura y trágica, a una Sissi madura y vencida.
Pero el amor es esquivo. No amas. Abandonas a tu marido, el alcohol te gana. Te vuelves a casar. Pero tu ex marido Harry Meyen se suicida. No soporta tu ausencia Romy, de la misma manera que tú vas muriendo en busca de algo que no existe, el amor de Alain. Sólo los hijos te atan a la vida, Romy. Ahí están Dany y ahora Sara. Pero el titiritero no está satisfecho. El 5 de julio de 1981, Dany muere atravesado por una de las puntas de fierro de la verja de tu casa. Dos muertes en la vida real producen el dolor más grande del mundo. La partida de Dany y Harry, te convierten en un fantasma que deambula por los estudios. Filmas tu testamento, “Testimonio de mujer” (1981). Tu última película que la dedicas a tu hijo y a tu ex marido. Pero tienes que partir. Poner punto final a la película de tu vida porque las películas siempre terminan. Los médicos dijeron que fue un infarto cuando encontraron tu cuerpo, Romy, tu amado e inerme cuerpo, estático como un lago sin orillas. Pero yo sé que fue la pena.
Ronald Portocarrero
Redacción
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