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Publicado: Domingo 05 de febrero del 2012 | Especial | Imprimir | Compartir | 1560 Lecturas

Viaje al fondo de la locura



Aquella vez que le pregunté al Dr. Mariano Querol si el Perú era como un paciente complicado, el sicoanalista me respondió: “El paciente es el que sufre y en el Perú hay gente que sufre mucho y también gente que goza en extremo.

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Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

Tu mala canallada

Yo creo que hay mucha más gente que se resigna, que no que goza y ese es el problema. El Perú es un país lleno de problemas y el más grave es la pobreza y la corrupción en relación con la anomia, es decir, la falta de valores en relación con la mentira, y la hipocresía en relación con la codicia, la codicia desmedida, en relación con lo que sería una psicopatía, que es el hecho por la cual la persona comete actos incluso conscientes sin sentir remordimientos. Además de las diferencias abismales de clases sociales, los status sociales, los niveles económicos han negado una situación de posible convivencia pacífica”.

El sábado 28 de enero, un incendio en uno de los cientos de hogares de tratamiento para drogadictos que según el Ministerio de salud operan solo en Lima, causó la muerte de 27 personas. El albergue llamado “Cristo es amor” funcionaba en una casa familiar camuflado como una vivienda más en San Juan de Lurigancho, el distrito más poblado de Lima. ¿Quiénes eran las víctimas? peruanos humildes, negados de vida y sumergidos en las Drogas en un país donde cada día aumentan los enfermos mentales olvidados por un Estado inhumano que no está en capacidad de atenderlos y que generan la propagación de estos centros de rehabilitación privados, que salvo excepciones, resultan un negocio redondo y deshonesto. Y la locura y las Drogas no son males aislados. Y la locura recorre las calles. Y la locura avanza como una plaga que no respeta estilos de vidas ni niveles sociales.

Hace un tiempo hice un viaje al mismo fondo de la locura. Ocurrió en esos años un suceso que colocó a la salud mental del país en alerta roja. En el hospital Larco Herrera, la huelga indefinida de paramédicos, la falta de alimentación y medicinas, habían provocado en menos de una semana nueve muertos y la tragedia se sumaba a la falta de recursos en el Ministerio de salud que colocó a los enfermos en el peldaño más bajo de la condición humana. Yo era un pichón de cronista y veía cada día como mis solicitudes para ingresar al más grande hospital de enfermos mentales de Lima eran rechazadas sin ninguna explicación por las autoridades médicas de aquel hospital. Así, no tuve otra solución. Casi en un arranque de locura decidí disfrazarme de loco para penetrar en aquel centro infernal.

Una mañana de agosto, con toda la apariencia del loco gané la calle. Como otros tantos de cientos de dementes que deambulan por Lima, llegué disfrazado y temprano hasta las puertas del mismo manicomio. Ahí, en las entrañas de ese infierno tan temido empecé a escribir una crónica que obligaría a las autoridades una semana más tarde a declarar en emergencia el hospital. Tres días existí y conviví en los linderos de la tolerancia más curtida. Al final, valió la pena, la cordura no era mi fuerte pero con ella, descubrí que la vida sí se puede soportar sólo con ella. Mi experiencia periodística no era inédita. José María Salcedo y el recordado Carlos Domínguez habían hecho lo mismo un lustro antes y la crónica que publicaron para la revista “Quehacer” fue desgarradora.

Caminé por la Av. Del Ejército. Chompa sin camisa, pantalón de trapeador, zapatillas en la última lona. Jorobado en extremo, tomado de mis propias manos, el pelo hirsuto de mi barba rala y terror para el jabón y el agua. Despacio, arrastrando los pies, llegué hasta la puerta principal, gané la gran alameda central empedrada y un brazo me cogió por el hombro. “Oye, tus papeles”, dijo una voz con “fotocheck”. Yo entregué la copia de mi electoral y me señalaron una vieja edificación sobre el corredor de la derecha. Eran los consultorios externos, el lobby del aquel averno. Hasta ahí llegue con mi muerte a plazos y mi esmerada perplejidad. “¿Doctor Fernández o doctor Díaz?”, me preguntó una mujer de mandil blanco, herméticamente blanco y rotoso. “No sé, vengo por primera vez, soy drogadicto y quiero matar a mi padre”, dije. El que oficiaba de guachimán y enfermero y que también era interno, me miró con satisfacción, “uno más”, pensó. Pagué en la Ventanilla del fondo del pasillo y recibí a cambio un ticket mimeografiado y cientos de miradas ágrafas. Salí del pabellón e ingresé a la otra vida. Al fin, ya tenía el pasaporte para conocer las tinieblas del horror y apenas eran las ocho y cuarto de la mañana. Cierto, sudaba como un descosido.

Del último fondo, y escapándose por una ventana semitapiada, oi un grito desgarrador: «Mamaaá, mamaaá, mamaaá…». Un guardia republicano vigilaba la entrada del oscuro edificio para terroristas. Un pedazo de concolón de arroz fue arrojado en la vereda a la hora de la paila. Un tipo de abrigo seboso y zapatillas rotas lo recogió, se sentó en la banca y lo fue comiendo lentamente. Más allá, dos hombres de baja estatura buscaban en los desperdicios algo para comer y se llenaban la boca sin escrúpulos y en verdadera competencia. Al mediodía un médico distraído apuntó mis características detrás de un escritorio a punto de desplomarse. Escuchó mis males con bostezos. Se fastidió cuando le conté de mis obsesiones sexuales. Se entusiasmó cuando le dije que quería atentar contra la vida de mi viejo. Se desilusionó cuando le confié que tenía miedo. Me extendió una receta al tiempo que escribía una orden para mi internamiento. Me dijo que me iba a ver al día siguiente y me asignó un enfermero que nunca llegó.

Uno de los hechos que me llamó la atención era que delincuentes y drogadictos podían ingresar por las paredes en la noche y venderles PBC a los internos que tenían visita. En la Dirección de salud Mental del Ministerio de salud, no existían estadísticas sobre los enfermos que se atienden en todo el país y cualquier cifra que se maneje pertenece a iniciativa de algún psiquiatra particular. Sin embargo, investigaciones realizadas por estudiantes universitarios de psiquiatría, arrojan un número cada vez más alarmante. Por ejemplo, en ese entonces existía oficialmente en el país 105 mil psicóticos, 280 mil neuróticos, 355 mil epilépticos, 700 mil deficientes mentales, 500 mil jóvenes con desarreglos en conducta escolar y 950 mil alcohólicos. Nunca se había realizado estadísticas sobre fármaco-dependientes y drogadictos, pero según algunos especialistas, la proliferación era verdaderamente epidémica.

Por falta de alimento y de calorías los pacientes adquirían otras enfermedades amén de la caquexia y la pelagra. Los nueve muertos conocidos no fallecieron de locura, murieron por desnutrición, así constaba en la denuncia fiscal y no como decía el entonces ministro de salud. Así se habían multiplicado los suicidios y la miseria ayudaba a la gestación y proliferación de las neurosis y depresión. Al hospital llegaban los perdedores de la sociedad. Ser pobre era suficiente pero padecer de un trastorno mental ya es la miseria misma. En el país existe una gran verdad que dice a media voz: La familia es la principal productora de las enfermedades mentales. Suena terrible, súmese a este drama el asedio socialmente establecido y la pérdida general del status económico, así encontraremos las claves de este país enfermo. ¡Entonces, señor ministro de salud, cuándo la salud estuvo más enferma!

Una de las noches cayó en el Larco Herrera. Ya no tenía cigarros. Alguien tocaba un silbato, otro daba órdenes a unos tigres inexistentes y alguien cantaba la canción más triste del planeta. En la oscuridad de la vieja casa hacienda muchos recuerdan entre brumas haber sido felices y en algún momento ser El Peruano con familia y vivir en un país hermoso. Arrastrando los pies y más deprimido que autista pobre, gané la calle después de treparme por el muro junto a los arbustos detrás del estadio. Subí al bus de la línea 91 en la puerta del hospital con los ojos que miraban para adentro y el cobrador me gritó: «Patita, paga, paga, no te me hagas el loco». Han pasado tantos años, lo sé, pero parece que fue ayer.

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Tags: pais, salud, locura, hospital, relacion, enfermos, mentales, vida, eran, falta,

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