Una de piratas
Cuando alguien trate de contarle una de piratas, dele bola y además, créale. Lo más probable es que el narrador, se quede corto en su patraña. Sucede que casi nadie sabe la verdad en torno a estos “caballeros de avería”, solventados nada menos que por la más fina nobleza europea y algunos señorones asiáticos, que se dedicaban a desvalijar cuanto navío se atreviera a cruzar en cualquier dirección los siete mares del mundo.


César Augusto Dávila
Ojo humano ColaboradorY eso, no sólo valió para Francis Drake, o el pata Morgan, cuya descendencia relumbra hasta hoy en las international financies. Muchas solventes casas de banca y negociazos, más bien faenones, de la estirada Europa, tuvieron sus orígenes en estos choros de alto combo, que no eran más que el brazo armado de duques, condes y marqueses que fletaban sus embarcaciones y les financiaban el armamento que por entonces, estaba de moda.
En cuanto a las tripulaciones, éstas eran reclutadas en los peores burdeles y las más terribles borracherías de cualquier puerto.
A veces, se convencía a los futuros piratas, empleando algo de vil metal y en otras ocasiones, se les anestesiaba de un tremendo garrotazo en la mitra, que aceleraba los efectos del ron y ya, si acaso el cliente reaccionaba en alta mar, se le explicaba el asunto en poco floro nomás .
Y cualquier discrepancia al respecto, se resolvía con un salto de ángel por encima de la borda, rumbo a la merienda de hambrientos tiburones que nunca han faltado por esos océanos del Señor, my broder.
Pero del saque, el emprendimiento marinero, se iniciaba a través del “Doc” de algún noble potentado de Francia, Inglaterra, Portugal, Holanda y siguen firmas.
Este lacayo “first class”, convocaba a un “Capitán de Fortuna” y, claro, a nombre de su amo, proponía el negocio, que solía representar una importante inversión, ya que los barcos jamás han sido gratis y los cañones y trabucos, mucho menos.
La cuestión, solía entenderse como un negocio cualquiera, si bien implicaba la posible pérdida de un ojo, una pierna o quizás la pelleja entera, a cambio de, digamos, un veinte por ciento del botín total, entendiéndose que el ochenta, sería para el inversionista, sin dudas ni murmuraciones.
Como es fácil comprender, los piratas no eran ningunos caídos del catre y desde que escuchaban tamaño chamullo, empezaban a cranear un elegante “paleo” y los consiguientes cien años de perdón que implica chorear a un choro, por muy hidalgo de la Gran Bretaña que éste se proclamara.
Así nacieron las famosas caletas de Isla Tortuga, La Martinica y otros espacios precursores de Gran Caymán, Islas Vírgenes, la Banca Suiza, los bancos de Ciudad de El Cabo, y otros paraísos que ahorita están de moda, aunque ya no son tan secretos, ni inviolables, salvo Singapur, Macao y otros que bien sabe el enfermito “terminal” Fujirrata.
Entonces pues y por ejemplo, casi todo el oro estraperlado por los españoles en nuestras tierras en tiempos de la Colonia, iba a parar a manos de los piratas ingleses que esperaban a las gloriosas naves de Su Majestad hispánica en alta mar, para desplumarlas a cañonazo limpio, con remate de abordaje, pata de palo y mano de gancho, mi estimado.
Luego, venía el segundo número del programa, o sea, un rápido inventario de aquello tan bravamente choreado y la decisión del rumbo a tomar, para esconder “el pele” que Emilio Salgari primero y Hollywood después, dieron en llamar “El Tesoro del Pirata”, para que no te la pierdas, primito.
Tesoro dudoso, oiga usted, pues si bien el pirata mayor-del barco, porque el otro estaba en Buckingham o Versalles, bailando mariconada y media, entre venias, minuets y contradanzas- se daba maña para usar en el entierro de su “paleo” a rehenes del barco asaltado, que luego eran asesinados y puestos a dormir eternamente con el botín y lo más probable, es que como canta el valsario “en vida vi y nunca he podido regresar”.
Pero cual borgiano jardín de senderos que se bifurcan, la historia,-drama o comedia- no cesa de repetirse, como no hace mucho, resultó aprendiendo el loco Gadafi y ya hay otros haciendo cola.
Pues para que ustedes se enteren, quienes aprovechan el poder político para saquear a sus respectivos pueblos, muy pocas veces logran disfrutar de lo robado.
Y no es que la justicia de este mundo los alcance, sino que los bancos de cualquier parte, terminarán levantándolos en peso con variadas artimañas y pase lo que pase en opinión del cojudismo.
Ahí tenemos la historia de Ferdinand Marcos, Juan Domingo Perón, Manuel Antonio Noriega, el Sha de Persia, Rafael Leonidas Trujillo y Vladimiro Montesinos, entre otros gallos oportunamente desplumados por las más respetables instituciones bancarias, como se dice en fino.
Anecdóticamente, Noriega, cuando ya estaba preso en Miami, tuvo la “genial” idea de enviar a su esposa a un banco francés, a retirar nada menos que 360 millones de dólares, compadrito.
Como es fácil suponer, no bien formulado tan extravagante pedido, los altos funcionarios de la honesta entidad financiera, llamaron a la Policía y los abogados de la señora Felicidad (así se llama, y yo no tengo la culpa), sudaron la gota gorda, para impedir que tan importante dama, fuera a dar a la canasta como por un tubo galvanizado.
Algo parecido le sucedió a Montesinos, cuando andaba dizque escondido en Venezuela.
Mandó a un falso aliado al Security Pacific Bank, de Miami Flo, a sacar de dicha caja negra, algo así como 32 millones de verdes cocos, para sus gastos menudos que le dicen.
Esta simpática solicitud, iba acompañaba de una carta a través de la cual, el poderoso ex asesor del chino “inocente”, amenazaba al gerente bancario “con acciones sumamente violentas”, a cargo de un supuesto “ejército de cinco mil hombres”, que para entonces, sólo existía en su afiebrada imaginación.
La repuesta no pudo ser más contundente. El “Pacific” llamó al FBI y negoció con el “mensajero”, para que diera la ubicación exacta de tan pintoresco pedilón, cliente al fin, facilitando así su captura por encima de avionetas, veleros y otras gracias proporcionadas eventualmente por Don Dionisio (que hoy se proclama “socialista”) y otros importantes ex amigos del más cachoso prófugo de los últimos tiempos.
Vemos pues, que los piratas siguen existiendo aunque ahora no usan parche en el ojo, ni loro parlanchín sobre cualquier hombro.
Y conforme ya comprobaron algunos sátrapas envueltos en la avasallante “primavera árabe”, el primer aviso es la “congelación de fondos”, luego viene el embargo y más adelante nadie sabe, porque tratándose de pirateo, ayer, hoy y mañana, banco otorongo, sí come otorongo y, desde luego… ¡Buen provecho!...Más sabe el Diablo, mi estimado.
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