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Publicado: Sábado 06 de junio del 2009 | Informe Especial | Imprimir | Compartir | 411 Lecturas

Ni sus hermanos se salvaron



“…sentí un dolor muy grande, al ver cómo una persona a quien yo había querido tanto, como a un hermano, me daba una puñalada así: ¿por qué lo hizo?, ¿por el poder?, ¿por qué nos quiso engañar?, ¿qué cosa le habíamos hecho nosotros?”

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Un escritor amigo de la familia me recuerda que vio a Genaro Delgado Parker al día siguiente del secuestro de su hermano Héctor. ¿Qué podemos hacer?, le preguntó. «Rezar», respondió el broadcaster, acaso debilitado, acaso frágil por única vez en su vida. Se dice que el presidente Alan García quiso realizar un operativo armado para liberar a su amigo. Pero los Delgado Parker lo disuadieron. Organizaron un comité especial, trajeron negociadores profesionales de Inglaterra y se reunían todos los días en el edificio de Prensa. En ausencia de comunicación con su hermano, Genaro le enviaba mensajes ‘clave’ a través de las emisoras de la familia. «Sabía que le gustaba Pavarotti, así que le mandaba anuncios con fragmentos de sus canciones», evoca el broadcaster. El cautiverio de su hermano Héctor duró siete meses.

Pero se dice también que fue entonces, mientras Héctor permanecía encerrado en una «cárcel del pueblo», cuando Genaro comenzó un periplo comercial que resquebrajaría más tarde la unidad familiar. Después de la disputa en que perdió el control de Panamericana, Genaro decidió que se dedicaría a nuevos negocios que en ese momento —fines de los ochenta— sonaban en el Perú a ciencia ficción: la telefonía celular y la televisión por cable. Sería pionero una vez más, se arriesgaría a hacer empresa en un país azotado por el terrorismo y una inflación descomunal. El problema empezó cuando el negocio de teléfonos móviles da sus primeros frutos: Manuel y Héctor le exigieron a Genaro su parte. Es fácil imaginar la escena: los hermanos menores pidiéndole al mayor el dinero del negocio familiar. Porque un hermano mayor siempre siente que tiene más derechos, es él quien pone las reglas hasta en un fraternal juego de pelota, y un patrimonio de millones de dólares no tiene por qué alterar esa distribución natural de las fuerzas. El broadcaster fue directo: les dijo a sus hermanos que no iba a darles nada, pues él había hecho solo esas empresas. «Ellos no pusieron plata en el negocio de los celulares», se excusa hoy en su tranquilo departamento. En 1995, Héctor moría después de una enfermedad fulminante y sus hijos siguieron la lucha por cobrarle al tío Genaro lo que creían justo. A partir de entonces, el entendimiento de Genaro con Manuel y con el resto de su familia fue imposible.

—Nunca nos dio un real por los celulares. Se robó toda nuestra parte.

Dice Edda Pastorino, la viuda de Héctor, frente al mar de Miraflores, lejos de yates y cerca del bullicio de la ciudad. Genaro fue casi un hermano para ella durante la mitad de su vida pero ahora llevan ya años sin hablarse. Cuando el mayor de los Delgado Parker sale en televisión, el primer golpe de vista hace que Edda piense que su esposo Héctor está hablando y moviéndose. Es una fracción de segundo, pero consigue sobresaltarla ligeramente hasta que un razonamiento retrospectivo la devuelve a tierra: «Él era mucho más buen mozo». No quiere hablar de los conflictos familiares. Dice que reza mucho por Genaro, «para que le vaya muy bien y no haga locuras».

Los temas judiciales son engorrosos pero se pueden resumir en el siguiente texto, que forma parte de una demanda judicial de la familia: «Genaro Delgado Parker urdió un conjunto de actos destinados a defraudar a sus hermanos, en aquello que con toda confianza le encomendaron».

Esta historia se degenera más tarde, cuando Manuel y los hijos de Héctor quisieron vender su parte de las acciones en Panamericana Televisión a Genaro, en 1996. Se suponía que iba a ser una transacción sencilla, pero Genaro no pagó el precio pactado. Según sus parientes-enemigos, su objetivo era manejar el canal sin aportar dinero. Las acusaciones de la familia van más lejos: en vez de darles lo que pedían el broadcaster habría decidido más bien aumentar el capital, lo que significaba «licuarlos», esa operación de exterminio empresarial. «En ese momento, más que un resentimiento comercial, sentí un dolor muy grande de ver cómo una persona a quien yo había querido tanto, como a un hermano, me daba una puñalada así: ¿por qué lo hizo?, ¿por el poder?, ¿por qué nos quiso engañar?, ¿qué cosa le habíamos hecho nosotros?», recuerda la viuda de Héctor con la voz entrecortada. Fue entonces cuando llegó un capitalista con suficiente dinero como para frenar el ambicioso ímpetu de Genaro. Ese hombre era Ernesto Schütz Landázuri, el padre del esposo de la hija de Manuel. Fue así como se hizo dueño de la mayoría de acciones de Panamericana TV el hombre que después le ofrecería a Vladimiro Montesinos la línea informativa del canal a cambio de 12 millones de dólares. Schütz es un corrupto que no tuvo ningún empacho en manchar la historia de la legendaria estación, pero para algunos miembros de la familia Delgado Parker es también el empresario que los salvó del hermano abusivo.

La situación llegó a extremos. En 1999, Genaro Delgado Parker se reunió en secreto con Vladimiro Montesinos para pedirle ayuda en los juicios que tenía contra su hermano Manuel. Cuatro meses más tarde, Manuel se reunió con el asesor para pedirle ayuda contra su hermano Genaro. También Ernesto Schütz padre estaba en la reunión. Los hermanos que de niños habían posado sonrientes junto al auto familiar para la cámara fotográfica que años más tarde sería el más tierno ícono visual de los albores de la televisión, perdían todos los límites y buscaban al hombre más corrupto de la historia peruana para hacerse daño el uno al otro. «Yo por supuesto no estoy de acuerdo con lo que me han hecho. Pero trato de comprenderlos, porque son mis familiares, y yo soy bastante familiar. Y comprendo que lo de ellos ha sido un error: Manuel ha casado a su hija con el hijo de Shutz», dice Genaro Delgado Parker, y en mi mente suena, haciendo eco, esa forma tan suya de decir ha casado a su hija, como una demostración involuntaria del universo íntimo de uno de los patriarcas de las telecomunicaciones de la región. El sistema de vínculos y relaciones. Yo compro. Tú vendes. Yo te adopto. Tú te alquilas. Yo enjuicio. Tú pierdes.

—Fue una sociedad muy hermosa, un gran recuerdo. Pero ya nada de eso existe.

Dice Manuel Delgado Parker ahora, mientras me muestra una fotografía de los años sesenta en que él aparece joven y vital y lleno de sueños familiares. Estoy en el noveno piso de Radio Programas del Perú y encima de nosotros hay antenas parabólicas. Desde abajo, lejanas, las antenas lucen demasiado mansas para conseguir lo que consiguen: que la voz viaje rapidísimo y que llegue a miles de hogares e ingrese como un conjuro en miles de mentes que no brillan (pero votan) y que a los gobiernos les interese sentarse a conversar contigo pues el aire en que viajan las ondas pertenece al Estado. Manuel tiene cosas de su hermano Genaro. Por ejemplo, la misma forma de torcer la boca y mirar de lado cuando viaja demasiados años en el tiempo y cierta nostalgia lo invade. También comparte con él esa manera altiva de mover la mano, aunque su versión es menos contundente y menos tirana. No hay puesta en escena en los ademanes del magnate de Radio Programas del Perú, el caballero de la familia del que nadie suele hablar mal. No hay impostación en la voz ni vocación de comediante. Manuel no es un hombre hecho para los reflectores, su dominio escénico es pobre. Posee una sonrisa bonachona que se deja llevar por las circunstancias –la sonrisa, no el sujeto– como si dijera «qué se le va a hacer».

—¿Su hermano es autoritario?

—Más que autoritario, es muy, digamos, muy seguro, extremadamente confiado en sus criterios, típico personaje para tener una mayoría, para manejar una empresa con mayoría.

—¿Y si no tiene la mayoría?

—[…] Él tiene las cualidades para convencer y crear su propia mayoría.

La del menor de los Delgado Parker es una oficina amplia, alfombrada, y desde allí se disfruta de una vista aérea del epicentro empresarial de Lima, los edificios de ventanales como mosaicos de espejo, pegadas unas a otras, que en verano reflejan inmensas las luces amarillas del sol, y abajo los yuppies-muñequitos con corbata y los ambulantes como manchitas y la gran Vía Expresa que soporta diminuta la neurosis vehicular: la maquinara del progreso limeño en todo su frío esplendor de utilería. Pero en esta oficina debe haber mucho trabajo como para ponerse a ver la ciudad. Manuel se despide, no sin antes decir «mi hermano es un luchador, y los luchadores luchan». Al fondo, hay una pared de ladrillos y un sillón de cuero. También hay cuadros pintados por su esposa Frieda, una lámpara de porcelana y una computadora de pantalla líquida. En la oficina de Manuel no hay un solo televisor.

Los conocimientos legales de Genaro Delgado Parker aparecen en cualquier momento, como chispazos de luz (fría). Estoy seguro que sabe más de jueces y de leyes que el promedio de abogados. «Los fiscales de acá son bastante malos en general. Son bastante incultos», dice con desdén cuando se refiere quienes lo acusaron de haberse beneficiado de los favores de Montesinos. «La ley de derechos humanos dice que todos tenemos derecho a no autoincriminarnos», pregona luego, airoso, didáctico, cuando se recuerda sentado en el banquillo. Más tarde, al hablar de la engorrosa medida judicial que le dio la administración de Panamericana TV a sus rivales, me dice que él ya había consultado a fuentes directas: «¿Sabes lo que es el tomarrazón? Bueno, te explico: los magistrados tienen una pantalla que todos los abogados pueden ver. Todos los días aparecen allí las decisiones que va tomando el juez». Aprendo algo nuevo. Imagino a Genaro consultando el tomarrazón. Concentradísimo. Haciendo llamadas por su celular. Cavilando.

Es hora del almuerzo. En el camino hasta su Mercedes Benz, Genaro se encuentra con un hombre que me atendió al entrar, un tipo de escasa estatura que funge de conserje. Ya en el auto, Genaro baja la Ventanilla y, paternal, lo mira:

—¿Cómo te va?

—Con problemas de dinero

Genaro le hace un gesto como de hablaremos luego. Avanzamos por la playa. En el mar, los yates exhiben su ostentosa inmovilidad. Pasa un auto con un tipo joven que desacelera solo para saludar al broadcaster. Genaro alza la mano. Marcela pregunta ¿quién es? «No sé». Estrellita también está en el auto, va conmigo en los asientos de atrás. Me tira un peluche blanco que cuando lo tocas vibra fuerte y suena chistoso. Se lo devuelvo y me lo da otra vez. Me lo da muchas veces. A la cuarta ya no da risa, pero no sé como decirle que pare. Pienso en el futuro de esta niña. Los dieciséis años la tomarán de sorpresa en alguna fiesta fastuosa: entonces será una guapa jovencita en la flor del engreimiento, perfeccionando las lecciones y técnicas de cómo dominar al mundo a base de caprichos, seleccionando cuidadosamente las amigas con las que pasar un buen rato en alguna de las propiedades de la familia. O quizás no, acaso sea humanista y lea mucho y quiera ser cineasta. Directed by Estrella Delgado Parker.

Llegamos al restaurante y hablamos de las últimas noticias sobre la disputa por Panamericana TV, las discusiones en la prensa, las declaraciones de los líderes de opinión, unos a favor de la causa de Genaro, otros en contra, otros que prefieren no pronunciarse porque es un tema empresarial complicadísimo.

—Pero si está tan claro, ¡por Dios!

Dice Marcela, linda, sin entender por qué los medios de comunicación no le terminan de dar la razón al broadcaster. No es fanatismo obstinado. Me ayuda a entenderla un lógico pensamiento: ella duerme con Genaro. El broadcaster estira la mano y roba ceviche del plato de su esposa. Parece un hurto aislado pero lo vuelve a hacer y lo vuelve a hacer y lo vuelve a hacer. No lo culpo, es normal. A los limeños nos gusta picar.

En el restaurante, el broadacaster en short y zapatillas termina el almuerzo sin sobresaltos ni preocupaciones. Pero su rostro no puede amansarse del todo, siempre queda en él una tensión como de animal al acecho, de hombre alerta con los párpados arrugados en exceso de tanto desconfiar con la mirada, de tanto pasar la vida haciendo muchos enemigos que hoy esperan con ansias la mañana grandiosa en que él ya no respire. Genaro el mortal. Llega un momento en toda existencia en que es demasiado estúpido preguntarte si hiciste lo correcto, solo piensas en conservar lo ganado para los que te quedan, para los que vienen después y te sucederán. «Bah, si yo quiero, los saco a patadas», le oigo decir ahora mientras vuelve a hablar con Marcela sobre su lucha por la propiedad del canal, y es un trozo de conversación muy extraño viniendo de un hombre viejo que se ve tan dulce y bueno cuando carga a su hijita.

Estrella Delgado Parker está ahora lejos de la mesa, mirando la tele en un gran aparato de plasma con su amiga o nueva adopción. Recuerdo algo. Una vez, a Mafalda su papá le contó que cuando él era niño no había televisión. Mafalda le respondió, con esa extrañeza de la que solo ha sido capaz Quino: Y entonces ¿para qué eras niño?

(Del libro “Lima Freak”/Editorial Planeta-2007)

Juan Manuel Robles
Colaborador

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Tags: genaro, manuel, hermano, delgado, parker, hector, familia, dice, hombre, broadcaster,

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